Me han pedido que escriba en anticipación de las elecciones del 7 de octubre. Lo hago en contra de mi mejor juicio. Sé bien que cuando el nombre Hugo Chávez entra en la conversación, en forma casi inmediata la razón escapa.
La cuestión no es que le haga falta razón a los críticos de la Revolución Bolivariana. La cuestión es qué tipo de razón. El proceso social venezolano hace parte de una revuelta continental en contra del tipo de razón que lleva a algunos a creer de manera absoluta en ella. Lleva una década, pero sus raíces están unos cuarenta años atrás.
En aquel entonces, un presidente prometeico moría solitario en su palacio en llamas. En Venezuela, Chávez aprendió una lección diferente de la derrota de Salvador Allende. Quienes hoy despotrican de su antiimperialismo y hostilidad frente a una prensa unánime en su contra olvidan que tras haber sido elegido democráticamente en 1998, como Allende, Chávez solía compararse con éste.
Entonces, observa el historiador Greg Grandin, los venezolanos pudientes se movilizaron contra las más tenues reformas económicas, golpearon sus cacerolas mientras marchaban hacia la embajada de EE.UU. para quejarse, dirigieron contra las mayorías las baterías de los medios de propiedad de familias acostumbradas a manejarlas como si fuesen sus peones, en la oposición y el Gobierno, y a recibir fondos de Washington para financiarse. Repetían a sus predecesores chilenos.
Chávez recordó 1973: “Como Allende, somos pacifistas”, afirmó mientras declaraba extinta la vía armada. Entonces vivió su propio septiembre de 1973 en abril de 2002. Otro presidente prometeico atrincherado en su palacio. Desde allí habló con Castro: estaba listo para morir por la causa. Fidel, que siente lo sucedido en Chile como responsabilidad propia, “le dijo que debía vivir para seguir peleando, y no hacer como Allende”, afirma Grandin.
Al contrario de lo sucedido en Santiago, las gentes de las barriadas de Caracas salieron a reclamar al presidente que sentían suyo y lo devolvieron al poder. Es un hecho sin precedentes en la historia latinoamericana.
Después, el tono de Chávez cambió: “Como Allende, somos democráticos. Al contrario de Allende, estamos armados”. Siguieron la concentración del poder, la personalización de la revolución, la distancia entre la retórica y los logros, y el partido único, todo aquello que disgusta aun a algunos de sus simpatizantes.
Vino Bush, vio, y se fue. También Uribe, cuya danza con Chávez le dio altos rendimientos en casa y en Washington hasta que casi resulta en guerra.
Ahora el enemigo es el cáncer. Parte de mí preferiría que Chávez perdiese las elecciones. Ello confirmaría que la democracia y el socialismo son compatibles, permitiría ver qué puede hacer la oposición en el poder y al proceso revolucionario mantener la salud con o sin Chávez.