Napoleón, que algo sabía de guerras, observó que el espíritu de la guerra consiste en lograr un acuerdo de paz. Dicha observación es de gran importancia a la hora de sopesar las razones para votar a favor o en contra del acuerdo firmado entre el gobierno colombiano y las Farc.
Ello tiene que ver con otro perspicaz apunte realizado en días pasados por Tim Phillips durante una conversación que ambos sostuvimos en el marco de un encuentro anual que reúne a pensadores, escritores, artistas y hacedores de política en las áreas de la mediación internacional y la resolución de conflictos. A Phillips, quien lidera una influyente institución llamada Beyond Conflict desde los EE. UU., se le atribuye el haber persuadido al papa Francisco para que contribuyese al histórico restablecimiento de relaciones entre dicha nación y Cuba, antes enemigos irreconciliables.
Phillips es pionero en la aplicación de los resultados de las ciencias cognitivas al área de la resolución de conflictos y la justicia transicional, de cuyos mantras tradicionales es un crítico. Piensa que la guerra es “adictiva”, en un sentido que involucra lo más íntimo de quienes están involucrados en ella, tanto como a las instituciones.
El problema de la guerra es que su materia más contundente, la violencia, es contagiosa. Como sucede en la caricatura del conocido programa Los Simpsons, en la que un gato y un ratón se persiguen mutuamente sin fin, buscan maneras cada vez más letales de eliminar al otro y se imitan escalando el conflicto hasta niveles apocalípticos, una vez desencadenada la violencia se corre el riesgo de borrar la frontera entre victimarios y víctimas y que intercambien sus papeles.
Es lo que habría ocurrido en Colombia. En el 2006, el filósofo Sergio Jaramillo publicó una columna en la cual advertía del crecimiento desordenado de las fuerzas armadas y el sistema de incentivos basado en el conteo de cuerpos. La escasez de mandos y el sistema de incentivos producía fenómenos contraproductivos, como había ocurrido en Vietnam cuando los soldados comenzaron a dirigir sus armas contra la población civil o sus propios compañeros para incrementar sus cuotas, y se habituaron a ello.
Es lo que apuntaba Napoleón: el espíritu de la guerra es lograr la paz para evitar que se convierta en un círculo vicioso, un hábito inconsciente del cual no pueden despegarse ni los políticos, ni las instituciones, ni las víctimas. Tal paz debe incluir formas de reparación, terapéutica y restauración que hoy llamaríamos justicia social para evitar que el mal hábito regrese. Si el general más exitoso de la historia moderna reconoció en ello lo contrario de la victoria y entendió de tal manera el logro de la paz, también nosotros podemos hacerlo.