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La inmortalidad de los escritores

08 de enero de 2019 - 09:00 p. m.

Un texto de hace 3.200 años conocido como La inmortalidad de los escritores invita a liberar a los dioses, sus textos sagrados y las prácticas de culto que sugieren venerarlos y a sus sucesores en esta tierra. Al tiempo, liberarnos a nosotros mismos. Llama al desapego de la religión establecida de la cual se sirven los poderosos para legitimarse, de la acumulación de riquezas y de las convenciones que rodean la vida doméstica que sujeta a los jóvenes y a las mujeres, y de las instituciones con el fin de cuidar de ellas. “Los hombres perecen; sus cuerpos se vuelven polvo; sus familiares retornan a la tierra. Pero sus escritos los transforman en memoria viva en labios del lector. Un libro es más eficaz que una edificación o un templo funerario, mejor que una casa grande, una villa o un monumento en el templo”. No se trata de deificar libros particulares, ni mucho menos los nombres de los reyes que aparecen en ellos, sino de aceptar la escritura como un regalo de una generación a otra que crea un pacto entre ellas el cual vivifica la justicia de la ciudad de manera similar a una práctica teatral cuyo éxito depende de la participación activa de la audiencia en secreto acuerdo con actores y dramaturgo, mucho mejor que la sucesión de los reyes, los presidentes de las naciones y corporaciones y los contratos que proclaman su soberanía. Cabe recordar ese mensaje radical que nos llega del siglo XII a.C. como un presente a la vista de este 2019 que comienza con la posesión de Bolsonaro y sus áulicos evangélicos en Brasil, el chantaje de Trump a su propio Congreso o la traición al pacto de paz y la independencia nacional por el subpresidente colombiano y quienes lo soportan.

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El mensaje radical que contiene ese papiro atribuido al escriba Irsesh, y que constituye el gesto inaugural de la filosofía, no excusa a los filósofos y otros escritores en su desinterés por la política o el mundo real que les rodea. Al contrario, expresa en su performancia un pacto secreto entre generaciones de escritores y participantes a través de las dunas del tiempo: hacer justicia a dichas instituciones y la escritura que funda su legitimidad al liberarlas de sus hábitos corrientes, transformándolas, liberando a dioses, objetos, textos y convenciones establecidas de los lazos que las atan a las funciones del culto, al tiempo que nos desatamos de este. Mil años antes de Epicuro, el llamado constitutivo de la filosofía es un juego dramático y participativo de imágenes, metáforas y símbolos. Así aparece en la Canción de la arpista de 1300 a.C. En contra de la seriedad y estatalidad de las teologías cívicas, nos invita a “seguir nuestro corazón… llenar la vida de goce y no dejar que el espíritu decaiga. Sigue al corazón y busca tu deseo feliz. ¡Haz en esta tierra lo que el corazón manda!”.

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