Quizás sea una paradoja, nada más. La peste nos piensa, no nosotros a ella. O cuando menos distingue.
De un lado, la abstracción real de los administradores políticos. Su política del espectáculo. Ellos, siempre son ellos, preocupados por proteger su imagen de cara a las siguientes elecciones (su faz, el rostro del otro no importa). Al tiempo, pescar en río revuelto: tras la máscara de la emergencia sanitaria podrían extender otro colosal bailout a la gran industria, no a los pequeños emprendedores o sus empleados, todos ahora precarios. También podrían enmascarar otro golpe cívico-militar como mera acción judicial y justa contra el narco: lawfare not warfare. Y reafirmar la imagen de sheriff del hemisferio en época preelectoral esta vez decorado el pecho con la estrella brillante de la ley. ¡Trump y sus deputies Duque y Bolsonaro guardianes de la democracia y los derechos humanos!
Del otro lado, la política de lo real. Real como el virus o la guerra. Al virus le tienen sin cuidado las fronteras imaginarias de los políticos, las líneas divisorias de los ideólogos y las curvas al alza de los especuladores y financistas que los compran. Lo real es la necesidad de diálogo y cooperación entre los gobiernos a ambos lados de la frontera colombo-venezolana para salvar vidas reales de epidemias y guerras. Tal es el contexto concreto del alto al fuego entre el gobierno y el ELN, un acuerdo al que llegan por la pandemia. Resulta paradójico que la realidad del virus pueda revelar o cuando menos hacer justicia al secreto de la historia binacional: el carácter realmente abstracto de las fronteras jurídicas e ideológicas. Y entonces también la necesidad de cooperación y diálogo previos al juicio.
Previos, cabe precisar, al juicio abstracto. A la arrogante voluntad de muerte que nos permite a nosotros o a los Estados Unidos de Trump negar la guerra en el espacio propio para desearla en el ajeno, o prescribir el cambio de régimen y las elecciones “libres” allí pero no acá, y en ese orden, como si fuesen la ley y también lo justo.
El ELN ha operado desde hace tiempo en la porosa frontera colombo-venezolana. La colaboración en ambos lados de la frontera es clave para los encuentros entre dicha guerrilla y el gobierno colombiano, tanto como para enfrentar el virus. Por ello la intervención de la administración Trump, espectacular y mediática, es inoportuna. Esa misma administración niega por sinrazones ideológicas el virus en casa y su voluntad patológica de exportar guerras. Ello obliga cierto escepticismo. Participé alguna vez en Maracaibo en una negociación entre el ELN y el gobierno. Fui testigo de la manera como un entonces joven y rabiosamente anticomunista ideólogo de la ultraderecha colombiana destruyó en minutos un acuerdo de paz que muchos habían trabajado. ¿Lo real? Es más fácil destruir que construir. Lo segundo requiere tiempo, escucha y paciencia, realidades que resultan poco útiles a los fines de la especulación y el espectáculo.