El encuentro entre el papa Francisco y Fidel Castro está lleno de historia. Escribiendo para The Nation, el historiador estadounidense Greg Grandin observa una historia común a ambos, larga y repleta de contradicciones, que apuntaría también a un realineamiento ético y político de carácter global. No tanto la superficial normalización de las relaciones EE.UU.-Cuba, sino algo más profundo y significativo.
De una parte, la discreta diplomacia papal para corregir la perversa obsesión norteamericana con Cuba, digna del propio Henry Kissinger, aunque sin incrementar como éste la cuota de miseria mundial, dice Grandin. De la otra, el haber elegido a la isla, objeto histórico de un oscuro deseo colonial, para poner los fundamentos de lo que la derecha en EE.UU., y seguro también en Colombia, describirá “como un asalto ideológico contra el excepcionalismo americano y la supremacía individualista que lo sostiene”.
Afirma el historiador que “la tradición latinoamericana de justicia social, democracia y derechos sociales contrasta con la cada vez más peligrosa e inestable fe en las libertades individualistas por parte de la derecha norteamericana”. Ello explicaría según Grandin la posición histérica y paranoide de Donald Trump y otros precandidatos conservadores, y su odio por lo latino.
Es cierto que de la iglesia que representa Bergoglio como de la revolución de Castro puede apuntarse un pasado de errores y desmanes, como lo hizo en forma reciente Aleida Guevara respecto de la primera, y la opinión corriente respecto de la segunda cuando sugiere que ambos, Bergoglio y Castro, defienden lo inexistente.
Pero en el presente ambos representan otra cosa: rebeldía y revuelta en curso contra la contradicción entre la forma y el espíritu de la ley, también en el caso del formalismo de la vieja izquierda legalista y economicista. Bergoglio ha demostrado no sólo su “disgusto con la ritualidad”, como opina la publicación ultraconservadora y antijesuita First Things, citada por Grandin. Su brillante Laudato Sí es un argumento decisivo contra la postura defensiva y atomizante que hoy caracteriza el discurso de los derechos humanos como culto y cultura de libertades negativas, tan popular entre nuestros literatos y opinadores.
Organizado alrededor de nociones concretas como Madre Tierra, saqueo y pobreza, cuyo eco amerindio debería avergonzar al legalismo que encarcela a quienes actúan con base en ellas, nos invita a realizar un examen más proactivo y progresista de la explotación estructural y la demanda actual por una justicia y paz social, ecológica y económica.
Se trata de una demanda global, como demuestran el ascenso de Corbyn y Sanders, el éxodo sirio y la reelección de Syriza. Es el fundamento común de una nueva izquierda y su pivote es Latinoamérica.