Cuando Lord Byron terminó su contribución a la famosa noche gótica de julio de 1816 tituló el poema Darkness.
Se refería tanto a la oscuridad del cielo causada por la erupción del volcán Tambora en Indonesia —que para entonces ya causaba hambrunas en las Américas— como a una cadena de hechos repetida en la historia mundial: la esclavitud, el terror y la deshumanización de la vida y el trabajo como resultado de la extensión del uso de las máquinas y medios monetarios a la casi totalidad de la vida social.
El 27 de febrero de 1812, Byron había pronunciado en la Cámara de los Lores un discurso en contra de la ley que buscaba la pena de muerte para los luditas, trabajadores desplazados como resultado de la mecanización creciente, quienes solían protestar en contra de su vida precaria destruyendo las máquinas que en su opinión los habían transformado en barro dócil en las manos de los poderosos.
Byron y los luditas percibían que tales instrumentos diferían poco del owba coocoo, el Coco. Este era el nombre dado por los africanos al horrendo barco de esclavos que los llevaba desde África hasta las minas y plantaciones de las Américas, incluyendo a México y la costa pacífica colombiana. Desde allí se exportaba el fruto de su labor, oro, azúcar y tabaco, que terminaba enriqueciendo a los financistas de Ámsterdam y Londres.
“Ustedes los llaman populacho, desesperados, peligrosos e ignorantes”, reclamó Byron al Gobierno, “y piensan que la única manera de acallar a esta bestia consiste en cortar algunas de sus cabezas”.
A juzgar por los acontecimientos detrás de la toma de La Giralda la semana pasada por un grupo de afrocolombianas enturbantadas, y los de Ayotzinapa en México, poco ha cambiado desde 1812. La violencia que entonces describía Byron no es muy diferente de la violencia “real” y “financiera” de la que se acusa a gobiernos y corporaciones como Anglo Gold Ashanti. Los gobiernos otorgan concesiones amparados en legalismos espurios, ignoran las exigencias de las cortes y son permisivos frente al ingreso de armas, retroexcavadoras y maquinaria ilegal en territorios rurales y ancestrales.
¿Ha cambiado algo? En vez de “populacho” el término despectivo de moda es “populista”. Y no son las comunidades quienes destrozan las maquinarias como hacían los luditas, sino los gobiernos, cavando fosas en el campo y desoyendo a las comunidades que lo urgen a incautar las máquinas para reparar a los afectados. Es la diferencia entre la “paz negativa” del Gobierno y los intereses comerciales que lo secuestran, y la “paz positiva” de las comunidades.
Lo indecible aquí es lo obvio: guerra y paz tienen que ver con “cortar algunas cabezas”, silenciar al populacho y que continúe el flujo de mercancías entre las periferias y centros del globo, hoy casi indistinguibles.