Se ha dicho que los temas del conflicto en las Américas son dos: primero, el conflicto entre civilización y barbarie. Un debate ideológico más que racial entre valores que se han asumido europeos —la ilustración, la sobriedad y la razón— y la supuesta improvisación violenta del pasado, los apetitos y la naturaleza identificada con una América “de género”.
El segundo es la soledad. Metáfora dominante de las letras del siglo pasado, parece hundir sus raíces coloniales de nuestra América. A ella se asocian nociones de abandono, distancia e ilegitimidad. La ilegitimidad de los gobernantes, su persistente corrupción; pero también aquella de los gobernados, ni europeos ni indígenas, ni esto ni aquello sino en esta historia de negación absoluta el fruto indeseado de una relación no consentida. En dicha historia, la madre india fue violada por un padre europeo que jamás reconoció a su prole: el hijo, producto de una fornicación por fuera del sagrado lazo familiar y la violación del territorio legítimo de su madre.
En este cuadro, mientras que para el hombre anglo-ibérico su casa es su castillo y la prisión de ella, una cruda versión de la familia cristiana. Como dice Gerald Martin, las condiciones verdaderas de las Américas no son siquiera familiares. Queda dispuesta la escena. Será repetida una y otra vez: un niño a medias, híbrido y mestizo, que no puede ver en su origen otra cosa que un acto de violencia y a su alrededor tan solo corrupción. La propia, social y racial. La de quienes lo gobiernan, corruptos todos. La foto del encuentro Prosur en Chile así los muestra. Bolsonaro, recién llegado de Washington tras doblar la rodilla y entregar Alcántara a los estadounidenses para que construyan su próximo Canal de Panamá al espacio, la frontera colonial del futuro. Habría preferido no regresar. En casa le esperan sus hijos, a quienes la evidencia conecta cada vez más con corruptelas y milicias de ultraderecha que habrían asesinado a Mireille Franco; como suele hacerse en la Colombia del subpresidente. Bolsonaro y el sub comparten pose. La de quien no sabe qué hacer con sus manos inquietas y las usa para agarrarse los huevos, no vaya y sea que alguien note lo que no tienen. Lenín, quien se ha deshecho por fin de su propio nombre, observa a Piñera firmar lo que no existe. El único acuerdo es excluir a Venezuela, postura que no es suya sino de Trump. A la derecha, Macri esconde las manos y con ellas la catástrofe económica de Argentina que esconden también los medios, pues allí no gobierna la izquierda. Mario Abdo y Vizcarra, más a la derecha si ello fuese posible, también se los agarran. Como en los retratos de la burguesía holandesa durante la Edad de Oro, en la esquina izquierda desaparece el negro entre serio y sombra. ¿Qué hago aquí? La única mujer presente no firmó la declaración final. A los señores presidentes solo los une la exclusión.