Encontré mi apellido en una lista atribuida al gobierno español.
La lista es apócrifa. La ley propuesta a la cual se la asocia busca recompensar a los descendientes de judíos sefardíes expulsados de la península en 1492. Mi interés por el falso listado tiene que ver con un acontecimiento literario en apariencia fortuito: el lanzamiento en Londres de la versión inglesa de ¡Que viva la música! de Andrés Caicedo. De entre los muchos comentaristas de la novela, desde novelistas establecidos hasta fanáticos lectores, se cuentan con los dedos de la mano quienes notan la importancia del tópico racial. La “música” referida en el título, ausente en la versión inglesa, es música negra: el blues de los Stones, la Louisiana de House of the Rising Sun, el bogaloo y el contrapunto de Richie Ray & Bobby Cruz.
La estructura de la novela es un contrapunto musical-visual, como el bogaloo: la protagonista es rubia, “blondissima”, pero al dejar el norte de Cali por el sur deviene un híbrido. Su transformación es similar a la de los tantos monstruos que habitaban la imaginación de Caicedo, afecta a los cuentos de Lovecraft o Stevenson y al cine hollywoodense de horror. En la base de esas imaginerías monstruosas están los discursos raciales y los actos reprimidos de sociedades discriminatorias.
Aunque reprimidos por la sociedad, tales actos y discursos fundan su orden y retornan como espectros, alucinaciones y revelaciones de pesadilla. En la novela, al encontrar los cuerpos descuartizados de los Flores y su criada indígena, los protagonistas evocan el Marienbad de Resnais. Referencia a los fundamentos reprimidos de la sociedad.
Resnais reproduce en la atmósfera enclaustrada de su filme las contradicciones de la guerra en Argelia. Enrique Buenaventura y Carlos Mayolo han observado algo similar para el caso del cine y la literatura de Caicedo: lo real en este caso es la violencia histórica de Colombia, entremezcla contradictoria de ideología y clase con economía y limpieza étnica.
Dicha mezcla, por contradictoria que parezca, es hegemónica. La negamos a pesar de su evidencia: la guerra es menos un conflicto ideológico, más un proyecto económico paralelo a y posible por el genocidio de campesinos, indígenas y afros. Pero en Latinoamérica, premiados escritores se dan el lujo de afirmar que la raza no existe pues es un constructo y además “todos somos mestizos”.
Que viva no es apolítica, ningún buen arte lo es. El mal arte suele ser excesivamente político, pero su extremo político es hoy el apoliticismo y el centrismo liberal. Aunque intempestiva en su época, la novela de Caicedo es tópica en la nuestra: nuestra misión, en tiempos de proceso de paz, es no retornar al camino ya recorrido sino excavar los fundamentos discriminatorios de la sociedad.
*Óscar Guardiola Rivera