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Suspender la guerra

18 de noviembre de 2014 - 10:26 p. m.

“¿Quién es el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de su país, el presidente Santos o el senador Uribe?”.

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Fue la pregunta de un periodista inglés, tras conocerse el anuncio público hecho por este último acerca de los eventos ocurridos en el Chocó, antes que lo hiciese el propio Gobierno. Recibí la misma pregunta de un mediador internacional muy escuchado acerca del caso colombiano en las oficinas claves de Europa, que Santos acaba de visitar. “Han dado ustedes una impresión de falta de institucionalidad similar a la del gobierno mexicano”.

Contrario a lo que informa la prensa en Colombia, antes que comprender y apoyar de manera irrestricta la decisión del presidente Santos de suspender los diálogos de paz, aquí en Europa los que saben y deciden expresan, de puertas para adentro, su desconcierto acerca de las circunstancias que habrían llevado a tal decisión. Tienen por qué. Así como nadie comprende que un senador de la oposición parezca saber más y primero acerca de los movimientos del Ejército que su comandante nominal, para casi todos es claro que la decisión apresurada de suspender una negociación difícil que ambas partes han desarrollado, para bien y para mal, en medio de la guerra, demuestra debilidad y no fortaleza.

“¿Y si las Farc hubiesen suspendido su participación en los diálogos tras la muerte de su comandante?”, escuché decir a un miembro del Parlamento Europeo que asistió a alguna de las reuniones de Santos en Bruselas. “¿Por qué un secuestro sí, pero no las denuncias acerca de los más de 70 muertos de Marcha Patriótica?”, han inquirido influyentes opinadores en España y Gran Bretaña.

No son preguntas cómodas, ni son las opiniones que suelen rescatar nuestros medios, que prefieren hacer eco a un pésimo artículo publicado por el senador de marras en el muy partisano El Mundo. Hacer tales preguntas ni justifica la irresponsabilidad de las Farc —ya probaron serlo en el caso de los indígenas— ni el secuestro. Corresponde a éstas más que nadie el garantizar la vida del general Alzate. Y al Gobierno responder al mandato para el cual fue reelegido: la paz.

El punto es que colombianos y extranjeros interesados estamos cansados de que se juegue con nuestras aspiraciones. La paz nos pertenece a nosotros, no a los políticos que juegan con ella. Se trata de permitir a las nuevas generaciones conocer lo que nosotros jamás hemos conocido: justicia y paz. Si la negociación se suspende del todo, sería el más estruendoso fracaso para Santos, así se comprueben otras responsabilidades. El camino es defender y creer en la paz precisamente porque ahora resulta más difícil hacerlo. Un cese al fuego de ambas partes podría recuperar lo ya perdido.

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