El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Una muerte

24 de abril de 2012 - 05:41 p. m.

El pasado miércoles 4 de abril a las nueve menos diez de la mañana, el farmacéutico retirado Dimitris Christoulas llegó a la Plaza Syntagma en Atenas. En uno de sus bolsillos se hallaba una carta escrita la noche anterior, tal vez la última de muchas que había escrito en noches previas de soledad y desasosiego.

PUBLICIDAD

En la carta no menciona a su esposa ni a su hija, a las que amó con profunda intensidad durante la mejor parte de sus 77 años de vida. Tampoco hace de su examen de vida una hagiografía, como suelen hacerlo quienes nos regalan sus ‘memorias’ una vez retirados de la luz pública. Se trata tan sólo de una vida más, una vida común, sin condecoraciones platinadas, ni premios, ni redoble de tambores, ni acentos.

Treinta cinco años de una vida tras el mostrador, sirviendo a su comunidad desde su pequeño negocio; una de esas farmacias de barrio a las que suelen ir las madres preocupadas por la alta fiebre de su hijo recién nato en busca de cura o consejo. Tan sólo una vida.

Si la vida de Christoulas pasó desapercibida a quienes se han arrogan en nuestra época, el privilegio privado de definir desde sus altísimas cumbres la cosa común, su muerte en cambio fue pública. “Lo ocurrido debería hacernos pensar que, en este caso, todos somos culpables”, dijo el líder conservador Yiorgos Karatzaferis. “Morir no es la única muerte, vivir sin esperanza también lo es”, afirmó el jefe de Nueva Democracia Antonis Samaras.

Lo que la nota hallada en el bolsillo de Christoulas dice es que el actual gobierno Griego es comparable a la administración de Georgios Tsolakoglou que colaboró con la ocupación Alemana de 1941. También afirma que su avanzada edad ya no le permite actuar de manera más decisiva, pero si pudiese no dudaría en empuñar un Kalahsnikov junto a otro griego en contra de la ocupación. Y culmina advirtiendo, como si fuese un oráculo de tragedia Griega, que la juventud hoy sin futuro se levantará en contra de quienes la han desposeído, y les colgará cual traidores cabeza abajo en la Plaza Syntagma, como hicieron los italianos con Mussolini en 1945.

“Este gobierno ha acabado con una vida digna, basada en la pensión que yo mismo pagué durante 35 años sin ayuda estatal. No terminaré escarbando desperdicios entre la basura para sobrevivir”.

En su otro bolsillo tenía un revólver de bajo calibre. Faltando dos minutos para las nueve de la mañana, Dimitris Christoulas se disparó en la cabeza frente al Parlamento Griego en Atenas. No fue suicidio; fue un asesinato financiero.

Sus perpetradores son los mismos que hoy reclaman la expulsión de Argentina del G-20, los mismos que han llevado al sacrificio a la mitad de la juventud española, los mismos que cuando vienen a Latinoamérica la imaginan como una prostituta presta a rebajarse, sin chistar, por unas monedas. Son unos asesinos.


Óscar Guardiola-Rivera

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias