En quizás el mejor libro del año pasado, David Graeber y David Wengrow nos proporcionan la evidencia y razones para una práctica diferente de los derechos humanos y de otro tipo. Quisiera proponer esa práctica como el punto de partida para la nueva política del año crucial que será 2022 para Colombia y el resto de las Américas.
En A New History of Humanity, ellos trazan la presencia de lo que nuestros pueblos originarios reconocerían inmediatamente como la naturaleza del movimiento y la transformación. Visible en la migración de aves, las estaciones, y las sombras de la selva o las montañas. Y en las imágenes de animales que pueblan nuestras historias nativas y la literatura etnográfica. Se lo puede discernir en la historia de Helena Valero, una mujer brasileña de ascendencia española que creció entre los Yanomamo en los treinta. Su relato ha sido citado por escritores tan diversos como Steven Pinker, quien olvida mencionar que Valero abandonó a los Yanomamo para vivir según los modales manifiestos de la “civilización occidental” solo para encontrarse enfrentando la soledad y el hambre. Después de un tiempo, decidió que prefería la vida entre los Yanomamo.
Su historia no es inusual. Los autores refieren una carta en la cual Benjamin Franklin relata como “un niño indio (que) ha sido traído entre nosotros, aprendido nuestro idioma y habituado a nuestras costumbres, tras visitar a sus familiares indígenas y caminar con ellos, no hay forma de persuadirlo para que regrese”. Franklin explica que esto no sucede solo entre “indios”, pues “cuando las personas blancas de ambos sexos han sido tomadas prisioneras jóvenes por los indios, y han vivido un tiempo entre ellos, rescatadas y tratadas con toda la ternura imaginable para permanecer entre los ingleses, sin embargo, al poco tiempo se disgustan con nuestra forma de vida y aprovechan la primera oportunidad de escapar de nuevo al bosque”.
Al bosque o el mangle escaparon también los esclavos traídos de África a Cartagena de Indias. Ejerciendo tal derecho, diríamos el derecho a moverse, constituyeron a San Basilio de Palenque que es hasta hoy el centro de toda la música que importa en Colombia y en otros lugares.
Cualquiera que haya crecido en ciudades llenas de gente que vive en la calle, en la pobreza, o que renuncian a casi todo su tiempo en el trabajo constante obligadas por el hábito o las circunstancias —desafortunadamente, la mayoría de nosotros— es una suerte de revelación mágica descubrir que no hay nada inevitable en todo esto. Durante la mayor parte de la historia, muchos de entre quienes se encontraron en situaciones similares, “conflictos de civilización” como los llama Graeber, han podido ofrecer razones claras para alejarse de la civilización inglesa y española y entrar en sociedades que enfatizan “la libertad sexual, pero también la libertad respecto de la expectativa de un trabajo sin cesar en busca de riqueza”. No se trata de utopía sino de historia. Esta documenta la enorme importancia para las personas de los vínculos sociales intensos presentes en las sociedades originarias que enfatizan el cuidado, la seguridad y ayuda mutua, y sobre todo la felicidad que les resultó imposible de replicar una vez de vuelta en los escenarios europeos. La seguridad “adopta muchas formas”, concluyen Graeber y Wengrow. “Existe la seguridad de saber que uno tiene una probabilidad estadísticamente menor de recibir un disparo con una flecha. Y luego está la seguridad de saber que hay personas en el mundo que se preocuparán profundamente si uno lo recibe”.