Para muchos, las objeciones presidenciales al proyecto de Ley Estatutaria de la JEP son muestra fehaciente de estarse cumpliendo lo que en el partido político del presidente Duque prometieron durante la contienda electoral: “hacer trizas” los acuerdos de paz. Para otros, es el incumplimiento de su promesa de campaña y posesión de buscar la unidad nacional y erradicar los odios.
El presidente Duque está ejerciendo, de pronto sin darse cuenta, un liderazgo propio de quien quiere acentuar la polarización. Cada día que dedica a manejar con el espejo retrovisor a plenitud es un día perdido; un día menos para construir un mejor país.
Las objeciones generaron un choque de trenes torpe e innecesario, deterioraron la institucionalidad y pusieron en alerta roja la implementación de los acuerdos de paz, todo, en un ambiente de profundo desprestigio por la forma en que venimos asumiendo nuestros compromisos de Estado, debido a nuestra enorme propensión a enredarlo todo y a no querer vivir en paz.
El Congreso, en representación de quienes no queremos volver a la guerra, tiene un enorme reto: estudiar, con alto valor patriótico, si las objeciones son en realidad de inconveniencia o si se trata de objeciones de inconstitucionalidad disfrazadas de inconveniencia. Si son objeciones disfrazadas, no podrán ni siquiera ser debatidas en el Congreso por haber actuado el presidente por fuera de sus funciones y en violación de su compromiso, no de campaña sino de jefe de Estado, de respetar y acatar las decisiones judiciales y la separación de poderes.
Creo que el presidente se equivocó. Metió la pata jurídicamente y erró en grado superlativo en lo relacionado con valorar los intereses superiores del país. Lo procedente era instrumentar los acuerdos, pues es ello lo que constituye un compromiso de Estado, por encima del beneficio que tales objeciones pueden traerle, a título de oxígeno y discurso, a un grupo de personas cercanas al presidente y al CD con miras al proceso electoral regional que se avecina.
Leídas las objeciones, en realidad, no se trata de glosas por inconveniencia basadas en razones políticas, sociales o fiscales sino en planteamientos jurídicos que ya fueron analizados por la Corte Constitucional.
Es verdad que Duque ganó con los votos de quienes estaban políticamente alineados con el CD, pero también lo es que la mayoría de sus votos lo fueron de personas de otros partidos e ideologías que votaron por él, inspirados tal vez en su juventud y en la posibilidad de que era él, y no Petro, quien estaba en capacidad de unirnos en la construcción de un mejor país.
Muy triste resulta ver a Duque convertido no en el presidente de todos, sino en el fiel representante de una ideología guerrerista, revanchista, pero además minoritaria. Duque desaprovecha la posibilidad de pasar a la historia como el estadista que consolidó la paz y nos unió en torno a ese gran propósito nacional. El paso errático lo dejará reducido, muy a mi pesar, a ser recordado como un gran polarizador. Ojalá rectifique el rumbo.