La Academia de Ciencias de Francia acaba de tener una reunión abierta con estudiantes para debatir sobre el cambio climático y superar así el bloqueo de unos pocos académicos climatoescépticos, quienes cerraron el paso al consenso científico e impidieron adoptar una posición comprometida de la institución frente a la crisis climática. Algunos científicos y Valérie Mason-Delmotte —climatóloga mundialmente reconocida— dijeron: “Cada grado de calentamiento cuenta, cada año cuenta, cada decisión cuenta”. Ella comentó que hace diez años habían hecho un llamado a la academia, suscrito por 1.000 científicos, solicitando que tuviera una posición científica coherente frente al cambio climático. Agregó: “Hemos perdido diez años en los que el mundo científico y académico no ha cumplido con el papel de transmitir, compartir y aprender a transformar la sociedad” (Le Monde 29/1/2020).
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El conocimiento científico no puede seguir cercado por el negacionismo y menos por estructuras políticas y empresariales, necesitadas de transformaciones profundas para responder a las nuevas realidades ambientales globales. El grado de conexión del mundo es tal, que un virus en China afecta los mercados de commodities y Xi Jinping presiona a la OMS para que suavice el nivel de alerta, en contravía de las recomendaciones de los científicos.
En este planeta hiperconectado en lo económico, político, social y ecológico, Colombia necesita replantear sus estructuras, pero mientras lo hace debe tomar medidas de urgencia y acelerar el proceso de transición ecológica, reorientando el modelo de crecimiento, de manera que responda a las nuevas realidades del cambio global.
La vieja diplomacia no funciona, crea espejismos y estimula ilusiones. Colombia se desempeña con agilidad y desenvoltura en los escenarios internacionales, climáticos y de biodiversidad e impulsa compromisos avanzados, pero maneja horizontes de tiempo ilusorios, expectativas de compromisos multilaterales irreales y dilata medidas urgentes para el país. Se generan así una confusión grave y estrategias equívocas para manejar la crisis climática y geoecosistémica.
Horizontes de diez, 20 o 30 años para seguir con los combustibles fósiles son ilusorios. Es ingenuo suponer que los actuales compromisos internacionales de emisiones no evolucionarán a escenarios de restricciones, compromisos severos y otros condicionamientos en los mercados a corto plazo. Proponer el fracking como una opción válida es un error estratégico por su impacto geoecosistémico y social local, y por la contribución de sus productos a la crisis climática.
Impulsar el fracking, con pilotos de investigación, desde algunos sectores del ambientalismo, va en contra de la evidencia científica; tampoco vale emplear argumentos obvios, como contener la deforestación y otros, para distraer y justificar el desastre. Por eso, la primera víctima del fracking ha sido el ambientalismo colombiano, ahora fracturado. El mejor aporte para ayudar al Estado, las empresas y la sociedad es el conocimiento científico y político. Es necesario dar campo abierto a la discusión, a la búsqueda de la verdad, a la angustia social, a la juventud. El fracking es una solución simple para un problema complejo.