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Ingobernables

02 de febrero de 2019 - 12:00 a. m.

En 2018 estallaron varias protestas en Francia; una desestabilizó el país: los “chalecos amarillos” evidenciaron un descontento que no había encontrado la manera de expresarse. Somos ingobernables, declaró un “chaleco amarillo”. Ingobernables es una palabra que resuena desde mayo de 1968, cuando De Gaulle enfrentó una protesta nacional que, más tarde reconoció, lo había “herido” y “acabado”, al perder el referendo en 1969.

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En 1968 y en 2018 los presidentes franceses han sido el símbolo del poder autoritario que mantiene un statu quo, que se considera el causante de los males de la Nación. En ambos casos la onda de choque de la protesta se amplificó y planteó el problema de la gobernabilidad.

Cincuenta años de historia muestran las posibilidades, límites y consecuencias de un modelo de crecimiento y democracia. Los acuerdos de la posguerra significaron el estancamiento en muchos frentes y la frustración de amplios sectores que participaron en la resistencia. En Mayo de 1968 se produjo una ruptura social profunda: la protesta estudiantil desató un proceso que paralizó completamente a Francia. Un aumento importante en los salarios sirvió para manejar la crisis. Se lograron con el tiempo muchas conquistas sociales, el crecimiento económico y el bienestar material. Las fuerzas sociales, económicas y políticas, siempre en tensión, alcanzaron un equilibrio dinámico que permitió sortear las dificultades y que la izquierda llegara al poder en 1981 con Mitterrand y en 2012 con Hollande.

Mientras tanto el crecimiento material sobrepasó los límites planetarios, la globalización concentró la riqueza, no se resolvieron las necesidades sociales básicas, se degradó el empleo y se llevó a muchos a la marginalidad. A más de esta presión, en Francia, los efectos de la crisis económica mundial de 2008, las confrontaciones comerciales mundiales, las tensiones en la Unión Europea y los condicionantes ambientales, agotaron el arreglo político-económico-social. Atrapados dentro del modelo de mercado-consumo-ganancia, ninguna corriente política logró soluciones sostenibles a largo plazo. Los sindicatos perdieron capacidad de negociación, los partidos se atomizaron y la extrema derecha oportunista promovió una salida nacional populista al pasado.

Macron ocupó el vacío. Su movimiento En Marche convenció. En 2017 derrotó las fuerzas tradicionales, venció a la extrema derecha, alcanzó la Presidencia, logró mayorías en la Asamblea Nacional y se propuso reformar a Francia. Desafió al pueblo, los llamó vagos. Impuso reformas neoliberales para hacer competitivo el país en la globalización fracasada. Aplazó compromisos ambientales, lo que provocó la renuncia de Hulot, el ministro de la Ecología. Otras renuncias importantes y el escándalo Benalla lo desestabilizaron. Macron buscó espacio político verde para las elecciones europeas, aplicó el impuesto al carbono sin consideraciones sociales, subió el precio de los combustibles. Estalló la insurrección de los “chalecos amarillos” que evidenció la marginalidad de la periferia social. Macron canceló el aumento de precio de los combustibles, concedió un aumento de ingresos. Ahora busca gobernabilidad. En enero convocó a un debate nacional sobre cuatro puntos: impuestos, instituciones, transición ecológica, ampliación de la democracia. Hoy toda Francia reflexiona, debate. Se necesita un cambio profundo, avanzar. No se puede repetir la historia.

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