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La necesidad de la oposición

28 de marzo de 2011 - 03:04 p. m.

El gobierno del presidente Santos se ha caracterizado por una sintonía casi nacional; se reunió con conservadores, liberales, Cambio Radical y la U, y ha dicho que comparte el ideario político con todos.

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El hecho sorprende, pues durante en el gobierno pasado hubo rompimientos que no parecían fáciles de solventar. Se le exigía a Uribe tomar partido por uno u otro expresidente; y unos partidos no aceptaban estar junto a otros. Ahora todos están en torno a Santos: uribistas, pastranistas y samperistas. ¿Será que Santos los encarna a todos?

Es evidente que en términos de metas sociales todos podemos coincidir : queremos bienestar social, desarrollo, superación de la pobreza, educación, trabajo… La diferencia entre los partidos, si la hubiera, debería radicar en la manera cómo se planea alcanzar tales metas. La vinculación de todos a un sólo proyecto político, puede ser buena para el gobierno que aprueba sin dificultad sus proyectos, pero crea confusión en los electores. Las diferencias ideológicas, que no son muy significativas, terminan por desaparecer y ya no es posible distinguir un proyecto de otro. Lo más preocupante es que en este gobierno tampoco se está dando la necesaria dinámica gobierno-oposición.

Sin los liberales, la misión de oposición correspondería al Polo y a los verdes. Estos últimos no están cumpliendo con esa tarea. Están más preocupados por la dinámica electorera que requieren las elecciones regionales. Las circunstancias en la izquierda tampoco son las mejores. Los escándalos de la Alcaldía de Bogotá y el rompimiento del partido con Petro, la debilitaron. La izquierda se venía construyendo de manera consistente durante el gobierno de Uribe. Brillaron por sus debates y su coherencia contra el gobierno. Cumplieron con su tarea de manera cabal y muchas de sus críticas fueron fundamentales para el enriquecimiento de las políticas públicas. Su capacidad de oposición frente a Santos aparece disminuida, casi inexistente.

La falta de oposición es mala. Los gobiernos requieren crítica, necesitan ojos prejuiciosos que cuestionen, que pregunten, que se opongan. Sólo en el debate las ideas crecen y es posible enriquecerlas. La invitación al Polo a un desayuno en la Casa de Nariño es un gesto que no puede despreciarse. Puede reactivar la dinámica de la oposición, pero también puede destruirla definitivamente.

La política no puede circunscribirse a diálogos privados de los que se reportan conclusiones a la prensa; la democracia exige respetar las instancias. El Congreso es el escenario para que se den las discusiones entre el gobierno y sus detractores. Ahí son visibles para el país, ahí están quienes fueron elegidos para ejercer el control político. Los debates tienen que ser públicos y abiertos para que los electores puedan seguirlos y evalúen sus propias posturas políticas. Aún así, puede que el desayuno despierte el espíritu batallador del Polo y resulte sólo una visita formal que prepara para una batalla respetuosa. Amanecerá y veremos.

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