El encanto de los restaurantes de barrio, un placer en cualquier ciudad del mundo. Al visitarlos se viven particularidades de los hábitos culturales y gastronómicos de sus habitantes.
Cualquier vecindario les da la bienvenida y en este caso el barrio Rosales de Bogotá acogió al restaurante El Comedor. Un servicio amable, sin afanes, paredes cubiertas con espejos ovalados, platos de colección, esculturas de camisas dobladas y atravesadas por cucharas, la vajilla, las filas de platos escurriendo a la vista, madera por todas partes, la temperatura del ambiente y un menú deliberadamente armonioso con el lugar, dan como resultado un restaurante que nos acoge con calidez, vecindad, en donde no hay imprevistos y todo anda bien.
Me encantó la sopa de lentejas rojas con especias indias y aceite de mostaza, es buenísima y sin exagerar con los condimentos. Los mejillones negros salteados con chaletas y vino blanco quizás necesitan un refuerzo en sabor. La pasta corta con zapallo al horno, espinacas, piñones y champiñones, un muy buen plato ligero vegetariano y de los pocos platos con zapallo en la ciudad. La pasta al horno con albóndigas, sencilla, jugosa y deliciosa.
La hamburguesa de cordero con queso azul con papas fritas caseras, deliciosa la carne, no así las papas pues nos llegaron tiesas y sobrepasadas en la fritura. Se merece un aplauso el estofado de cordero con especias árabes y cous cous, un plato estupendo, buen aroma y sabor muy placentero. En forma particular me halaga mucho que ya se está extendiendo la oferta de platos con cordero y con cous cous en Bogotá.
Ya habrá oportunidad para probar el estofado de calamar y el pescado y papas con pimiento, cebolla y guindilla.
Al final de cuentas, El Comedor me pareció un restaurante muy acogedor, con platos e ingredientes de calidad casera en el mejor de los significados, es decir, con una identidad más cercana a la de las cocinas familiares que por generaciones transmiten las recetas, y menos a las cocinas quizás impersonales de los restaurantes grandes. Comida saludable sin exploraciones culinarias aventureras, y para todos los gustos.
Crítico gastronómico*