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Al oído de Diana Turbay

28 de enero de 2016 - 09:33 p. m.

Querida Diana: Esta semana palpé tu angustia al hallarte secuestrada por Pablo Escobar. Y pensé en tus hijos, María Carolina Hoyos y Miguel Uribe, solos, sin ti…

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Pero se me partió el corazón al recordar a tu madre, doña Nydia Quintero, esa mujer extraordinaria, valiente, implacable y bondadosa de la que me enamoré cuando le hice una entrevista para la revista Cambio 16 Colombia, titulada “Yo Acuso”, algunos de cuyos apartes, editados, transcribo aquí:

“Desde la muerte de Diana no me he quitado el luto: es un símbolo de mi pena”.

“Rezábamos todos los días frente a un altar que organicé con la estatua de la Virgen bajo el retrato de Diana. Siempre que rezaba me preguntaba: ¿será que mi niña está con frío? ¿Será que tiene hambre? ¿Será que llora?”.

“Llegué a la celda de Fabio (Ochoa). Le dije que lo visitaba porque creía que él podía hacer algo frente a Pablo Escobar. Se mostró amable. Me dijo que me admiraba por haber ido a hablar con él. Y agregó: Doña Nydia, hay dos cosas fundamentales: que no haya rescate armado y que usted logre prolongar la fecha del 5 de septiembre contemplada en ese decreto: así, si se entrega Pablo Escobar, puede cubrirlo el beneficio de la no extradición”.

“Me quedé en Medellín hasta el 23 de diciembre… Quería sentarme en un parque a leer un libro para ver si de pronto Pablo Escobar mandaba secuestrarme: así podría estar con ella”.

“El doctor Turbay no quería que el presidente Gaviria sintiera que él, en su condición de expresidente, lo estaba presionando. Pero…yo no soy de ese corte. Yo soy descendiente de La Gaitana. Soy opita. Y soy mamá”.

“Desde que secuestraron a mi niña no había vuelto a mi casita de Tabio…Nos fuimos el 24 de enero como a las 10 de la noche. Me llevé mi Virgen, mis veladoras(…) A las 4 a.m. me arrodillé a rezar: lloraba y le pedía a Dios que protegiera a mi niña. Entonces me puse a escribirle al doctor Gaviria. Terminé la carta como a las 11. Se la entregué al conductor para que se la llevara al presidente… Ese 25 de enero de 1991 estaba en un estado de angustia muy especial. A las 2:30 p.m. llegó una de las personas de seguridad del doctor Turbay… Me dijo:

– Señora Nydia, liberaron a la señora Diana.

Fue como si me hubieran oprimido el corazón. Le contesté:

– Mataron a Diana.

– No, doña Nydia, la liberaron, dijo. Está en una clínica en Medellín.

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Lloraba. Me cambié en dos segundos. Nos fuimos. En el radio del carro oí que Diana estaba herida y que estaban examinándola.

Llegué a mi casa. Llamé al presidente Gaviria. Y le dije:

– Eso era lo que usted quería, ¿no, presidente?

Y él me respondió:

– Pero si está viva.

– No: está muerta, le repliqué.

En el camino me había dado cuenta de que los comunicados sobre la salud de Diana eran muy cuidadosos y le había dicho a Gustavo: Diana murió.

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Él me había respondido: ¿Pero no oyes, mi amor, que están examinándola?

“Cuando llegamos a Medellín, María Emma Mejía le contó a Gustavo que ya Diana estaba muerta. Bajamos del carro y Gustavo me confirmó:

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– Desgraciadamente, Diana ya falleció.

Recuerdo un montón de gente y un borrón de angustia”.

“Me hicieron quitar los zapatos y ponerme la bata y las polainas verdes para entrar en la sala de cirugía. Entré. Tal vez para darme esperanzas los médicos masajeaban el corazón de mi niña y le tenían puesto un respirador. ¡Y yo sabía que llevaba como dos horas muerta!

Le quité su gorrita verde y les pregunté a los médicos:

– ¿Luego no está muerta?

– Sí, doña Nydia.

– Entonces, quítenle todo eso.

Quería tocarla, consentirla … Le besé las orejas, las manos, los pies… Pedí que nos dejaran solas. Hice una trencita de su cabello. La até con algo que me dieron allí y la guardé. Ya sólo quería tocarla”.

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