¡El despertar de los estudian-tes salió bien! Fueron capaces de articular y de hacer que renaciera el dormido movimiento estudiantil.
Consiguieron volver a movilizar a la juventud en torno a un interés colectivo: el de la lucha porque se garantice el supremo derecho a la educación. Con bastante orden, y manteniéndose, en lo posible, alejados del extremismo, lograron que el país y que el presidente los escuchara.
¡Y al presidente también le salió bien la cosa! Por más de que amigos queridos sostengan que no es bueno que Santos ceda a presiones, creo que, por una parte, su actitud firme con las Farc, al no ceder al chantaje a través de los secuestrados y al mantenerse firme en que no habla de paz mientras no los liberen incondicionalmente, demuestra que ello no es así. Pero, también, su retiro de esa ley de educación, ante la insistencia de los estudiantes, prueba que es capaz de rectificar el camino, de concertar, de llegar a acuerdos y de no huir de la democracia.
¡Bien por los muchachos y por el presidente!
Ahora lo importante es que las partes —Gobierno, estudiantes y rectores—, acuerden una verdadera reforma a la educación, que eleve la cobertura y la calidad de la enseñanza en Colombia, donde tristemente casi la cuarta parte de la población entre 18 y 30 años ni estudia ni trabaja: vive frustrada y, muchos, probablemente, sean proclives a acallar sus frustraciones en el vicio o en la delincuencia.
No sólo se impone, pues, mejorar la educación. ¡También hay que crearles oportunidades a los jóvenes!
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¡Ver a Alfonso Cano muerto sin haber hecho la paz me frustró! Lo conocí en 1984 cuando El Tiempo nos envió a Germán Santamaría y a mí a Casa Verde, a entrevistar a Tirofijo. Allá estaban él y Jacobo Arenas. Me pareció inteligente y culto. Volví a encontrarlo en el Caguán, una mañana del 2000, cuando en San Vicente entré a la Casa de la Cultura, manejada entonces por una muchacha de las Farc, quien me dejó esperando y luego me dijo: “adentro la necesitan”. Ingresé a un cuartito. Ahí estaba Cano, solo. Hablamos un poco. No supe más de él. Después escribí un par de columnas invitándolo a liberar a los secuestrados y a seguir los ejemplos de Brasil, Venezuela, Salvador, Nicaragua, Bolivia y Uruguay, donde exguerrilleros e izquierdistas llegaron al poder por las urnas. Creía que estaba cercano el día en que él y Santos firmarían la paz. ¡No era sino que liberara a los secuestrados! Con ese gesto no más, se hubiera abierto la puerta de la paz… ¡Qué pesar que hubiera muerto prisionero de su dogmatismo!
Ahora la palabra la tiene Timochenko. No lo conozco. Dicen que viene de la ortodoxia comunista, que se formó en la Unión Soviética y que, probablemente, siga creyendo en la imposible toma del poder por las armas. ¡Ojalá no sea cierto! Y dicen también que haber estado un tiempo fuera del país le ha restado autoridad entre su tropa, sometida a los rigores de la guerra, y que ello podría hacer que se erosionen las Farc y empiecen a actuar como bandas sin control, estilo bacrim. ¡Eso sería muy negativo!
Sólo queda esperar que Timochenko y el Secretariado reflexionen, que piensen en que no tiene sentido desperdiciar su vida y la de miles de colombianos, y que liberen a los secuestrados de manera unilateral… En ese momento, empezaríamos a recorrer el camino hacia la paz y ellos, y Colombia, tendrían todo por ganar, y nada que perder…