Un resurgir del optimismo ha significado el arribo a la alcaldía de Santa Marta, agobiada por la corrupción, de Carlos Caicedo, de izquierda, antiguo dirigente de la Corriente de Renovación Socialista y de A Luchar, exrector de la Universidad del Magdalena quien, después de sufrir reclusión de cinco años a raíz de una persecución basada en pasquines, impulsada por allegados a los paramilitares, fue absuelto, salió a competir por la alcaldía y, con una campaña que sólo le costó 450 millones, respaldada por 72.000 firmas y apoyada a nivel nacional —mas no local— por los partidos Liberal y Verde, derrotó la compra de votos: “si ellos les pagan transporte, vayan frescos y voten por mí”, les dijo a los electores, quienes se rieron con su apunte, votaron, y pudo barrerlos con 75.000 votos contra 43.000.
Y a pesar del reciente paro paramilitar que paralizó la ciudad, la mayoría confía en que las cosas cambiarán en esa bella Santa Marta donde las aguas negras se empozan en las calles y los servicios públicos no funcionan bien.
Y hay motivos para confiar en el nuevo alcalde: prometió cambiar a Santa Marta, como lo hizo con la universidad, donde fue rector casi diez años y realizó la hazaña de apoyarse en los estudiantes para sanear las finanzas, al pagar deudas por 30 mil millones e invertir 42.000; reestructurar la administración, al salir de 102 personas, una vez practicadas evaluaciones por parte de la ESAP; ampliar la oferta académica, al crear 18 carreras nuevas de pregrado, 40 grupos de investigación reconocidos por Colciencias y 8 mil cupos nuevos; y construir un campus que envidiaría cualquier universidad privada.
En Santa Marta, Caicedo se comprometió a “hacer surgir un ciudadano nuevo; derrotar al poder mafioso que ha saqueado la ciudad y a la clase política que se ha repartido las concesiones; generar equidad; mejorar el índice de necesidades básicas insatisfechas a veinte mil familias por lo menos”; estimular a las empresas para que realicen aportes (“esta que haga esta cancha, la otra tal parque”); dejar una ciudad ambientalmente sostenible; fomentar la cultura, la música, las bibliotecas; mejorar la salud y la calidad de vida; y hacer de la educación, que es su obsesión, el pilar de su gobierno, de modo que ella sea el motor de la transformación.
Pero Caicedo tiene que vencer dificultades grandes para cumplir sus retos: la primera, tener un Concejo de oposición, que ya le advirtió que sólo le dará facultades por tiempo limitado, lo cual puede paralizar la contratación. Por ello, piensa fomentar los presupuestos participativos, de modo que sean las comunidades las que decidan las prioridades de inversión. Ya verá el Concejo si se enfrenta a ellas… La segunda, recibir una ciudad quebrada, en Ley 550. La tercera, tener de Contralor a un amigo de sus enemigos… Y el cuarto escollo —tal vez el principal— es el paramilitarismo. A derrotarlo sólo puede ayudarle el Gobierno nacional, que debe reforzar la Policía con unidades procedentes de lugares no contaminados, y hacer que el Ejército esté presente en las calles porque —¡ojo, general Naranjo!— muchos samarios creen hoy que el Ejército está menos corrompido que en la Policía.
Hay que apoyar a este alcalde, como lo hace Carlos Vives, quien lo asesorará en temas culturales: él está empeñado en jugarse a fondo contra el paramilitarismo y la clase política corrupta. ¡Presidente, no lo dejemos solo!