Queridos colegas de la radio y la TV:
Ahora que el proceso de paz da saltos trascendentales, con los encuentros en La Habana entre víctimas y victimarios y la reunión que hoy empieza entre coroneles de nuestras Fuerzas Armadas y dirigentes de la guerrilla, para pactar un cese del fuego, me dirijo a ustedes respetuosamente con el fin de hacerles algunas consideraciones:
Cuando enciendo la radio cada mañana y escucho que varios de ustedes siembran pesimismo sobre el proceso de paz; alimentan el odio (justificado) del país hacia la guerrilla; descalifican la tarea ardua y seria que están haciendo las Naciones Unidas, la Universidad Nacional y la Iglesia para seleccionar a las víctimas que están yendo a Cuba a encontrarse con sus victimarios; bombardean con palabras las aproximaciones que conducen a encontrar un camino de reconciliación entre dos bandos que, hasta ahora, han expresado sus diferencias a punta de bala y buscan la forma de manifestarlas a punta de palabras; cuando siento que muchos de sus comentarios tienden más a incrementar la oposición a las negociaciones de paz que a ambientar en la opinión la aceptación de ese proceso el cual, después de muchos ires y venires, nos enseñará a aceptar nuestras diferencias y a convivir con ellas de una manera pacífica, apago con tristeza la radio o la TV y medito unos minutos en silencio.
Entonces pienso en el papel que tenemos los medios de comunicación, en la responsabilidad social de los periodistas, en nuestro deber de informar la verdad y en nuestro lema de que la opinión es libre pero la información es sagrada. Y además los considero a ustedes por el reto que a diario enfrentan de mantener alta la sintonía, de lograr que quienes los escuchan no apaguen el radio (como yo) o no cambien de emisora o de canal. Pero también me digo: en un momento tan crucial como el que hoy vive Colombia, más que el rating debe primar la convicción de que debemos ayudar a que nazca la paz, a que tengamos un país donde todos podamos vivir tranquilos, donde los campesinos cultiven su tierra y tengan sus necesidades satisfechas, donde los dueños de fincas puedan viajar a ellas sin temor, donde se solucionen los conflictos mediante el diálogo y donde nos acostumbremos a vivir en democracia, un país más educado, más equitativo, más próspero y más feliz.
¡Una Colombia así, estoy segura, la deseamos todos! Pero las discrepancias surgen al pensar en cómo alcanzarla. ¡Y tener esas diferencias de opinión es sano! Sin embargo, dado que este proceso de paz, y no otro, está tan avanzado, los invito a que adoptemos un propósito inmediato: apostar por él, cuidarlo, resaltar sus logros, no ahondar sus contradicciones, y mostrar toda la verdad sobre el proceso pero abandonando el papel de Casandras que pronostican las desgracias. Como decía nuestro colega Eligio García Márquez, no es verdad, como pensaba Santo Tomás, que hay que “ver para creer”. ¡Hay que creer para ver!
Los invito, pues, a que creamos y pensemos en lo que dice Constanza Turbay, cuya familia fue asesinada por las Farc: “¿Si las víctimas perdonamos, por qué no puede perdonar el país? ¿Será que necesitan que les duela tanto como a nosotros?”.
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Si Galán hubiera triunfado y sobrevivido, Colombia tendría valores más claros, y en ella prevalecería la convicción de que el esfuerzo y el trabajo honesto, y no el dinero fácil, son el camino del éxito… ¡Qué falta nos has hecho, querido Luis Carlos!