D esde hace unas semanas, cuando Piedad Córdoba puso sobre el tapete la candidatura presidencial de Humberto de la Calle, jefe del equipo negociador del Gobierno, con el argumento de que era el que mejor podía garantizar que se cumplieran los acuerdos de paz surgidos de la mesa de La Habana, se han suscitado reacciones en contra y a favor.
La primera fue la de María Isabel Rueda, quien en su columna dominical dijo que De la Calle debía declarar de manera contundente que no era candidato presidencial, porque esa aspiración perjudicaba el proceso de paz, por cuanto colocaba al jefe de la negociación a merced de los temporales políticos.Rueda consideró que la respuesta de De la Calle ante la propuesta de Piedad Córdoba (“la prioridad son las negociaciones de paz, a las cuales dedico todo mi esfuerzo”), no había significado un no rotundo y opinó que lo que se discutía era “si los halagos de una candidatura presidencial son los mejores consejeros de un negociador”. Agregó que, “en aras de la credibilidad del proceso y de la tranquilidad de que no está buscando posiciones propias”, le gustaría “escuchar a De la Calle negando su candidatura presidencial de una manera más convincente”. Después se pronunció la columnista Adriana Larrota y replicó que no había conflicto de interés en una posible candidatura de De la Calle ya que, según ella, “ser el jefe negociador de la paz no (lo) inhabilita (…) para aspirar a la Presidencia. Más bien al contrario, le agrega méritos y legitimidad a una hoja de vida que ya es sobresaliente”. La verdad es que tanto Piedad Córdoba como María Isabel Rueda y Adriana Larrota están armando un debate prematuro. Es obvio que alguien como De la Calle, que ha sido registrador nacional, ministro de Gobierno, partícipe de la Asamblea Constituyente, vicepresidente, embajador, analista político y jefe del equipo negociador de paz del Gobierno, debe tener ambiciones presidenciales. Y, más aún, lo extraño sería que no las tuviera.Pero hoy, cuando apenas se cumple el primer año del segundo gobierno de Santos, aún falta mucho tiempo para que comience la campaña presidencial (dos años por lo menos), y quedan varios meses para que se defina si la paz se firma o no. Y también es obvio que, si el proceso de paz fracasa, el país acusará a Santos de ser el principal responsable, y De la Calle perderá sus posibilidades de presentar su candidatura presidencial. Pero si la paz se firma y el proceso concluye con éxito, De la Calle, de la mano de Santos, se llevará los aplausos. En ese caso, su candidatura surgiría de manera natural porque nadie mejor que él podría ejecutar y hacer cumplir los acuerdos. Ahora, creer que De la Calle, por una aspiración presidencial, va a manipular el proceso para que la paz se firme ya y al garete, es un sinsentido. No sólo porque en las conversaciones de La Habana participa todo el equipo negociador, que le reporta directamente al presidente de la República, sino porque Humberto de la Calle ha demostrado, a lo largo de su trayectoria política, tener firmeza de principios y ser firme como negociador.Entonces más vale no ensillar las bestias antes de traerlas, esperar a que el proceso avance y concluya con éxito, como creo que sucederá, y ahí sí hablar de la candidatura de De la Calle. En ese momento, con seguridad, con la paz firmada, muchos colombianos estaríamos felices y tranquilos de poner el destino del país en sus manos.