ACABO DE REGRESAR DE CIÉNAGA, municipio que, con cerca de 130.000 habitantes, es el segundo del Magdalena y podría ser uno de los más prósperos del país,…
ACABO DE REGRESAR DE CIÉNAGA, municipio que, con cerca de 130.000 habitantes, es el segundo del Magdalena y podría ser uno de los más prósperos del país, con sus casi 110.000 millones anuales de ingresos, la mayoría provenientes de regalías generadas por las explotaciones carboníferas de las empresas Drummond y Vale; con su producción de café fino; con su pesca abundante que podría ser fuente de sustento de su población; con su riqueza ecológica que, hace medio siglo, permitía adentrase al amanecer a pescar plácidamente entre los manglares de la ciénaga; con su potencial turístico; con esa luz anaranjada de los atardeceres que nutrió para siempre la poesía de otros mundos del cienaguero Fernando Denis; en fin, con esos dones abundantes que a Ciénaga le dio la Providencia, pero que tantos políticos y mandamases han dilapidado y vuelto añicos, hasta el punto de que hoy observé cómo en vastas zonas del pueblo las aguas desbordadas de la ciénaga se mezclan con la podredumbre de las alcantarillas, y los niños pescan y caminan descalzos entre la inmundicia, y la pestilencia se adentra en las casas y se cuela en la conciencia para producir en su gente y en esta visitante un grito de indignación.
Es que el presupuesto de funcionamiento de Ciénaga no debe pasar de 8.000 millones anuales y, los 102.000 millones de ingresos sobrantes, que no sólo alcanzarían para arreglar el alcantarillado, prevenir las inundaciones, darle educación y salud gratuita a la población, desarrollar el turismo, mejorar la ciénaga, crear empresas y convertir ese gran municipio en un polo de desarrollo, se esfuman y engordan las arcas de funcionarios corruptos pero, en últimas, van a parar a manos de los tinterillos que éstos contratan y sobornan para que los salven de ir a la cárcel.
En 2011 tiene que modificarse para siempre esa situación de Ciénaga, así como la de tantos municipios ricos en regalías pero desprovistos de los más elementales servicios, debido al saqueo que los políticos hacen de esos cuantiosos recursos. Ese primer deseo de año nuevo no es una quimera: el proyecto de ley de regalías, que el Gobierno está empeñado en sacar adelante, apunta hacia el logro de esa meta.
El segundo deseo también es alcanzable: tiene que ver con la capacidad del Gobierno Nacional y de los mandatarios locales, de prever los desastres, de dragar los ríos, de reforestar sus orillas, de convencer a las poblaciones de que se trasladen a lugares que no están en riesgo de derrumbarse, en fin, de cuidar con amor nuestro río Magdalena para evitar que en un invierno tan atroz como este sus aguas se salgan de cauce y rompan, por ejemplo, el Canal del Dique, lo cual inundó, y cubrió hasta los techos las casas de tantos municipios del Atlántico, y sumergió a sus pobladores en una profunda miseria.
El tercer deseo también tendría que ser fácil de satisfacer: se trata de lograr que en este nuevo año, no haya en Colombia un solo padre ni una sola madre que maltrate a sus niños y que, así, los empuje a ingresar en las bandas violentas de cualquier pelambre.
El cuarto deseo depende de cada uno: que todos pongamos nuestro grano de arena para que los primeros se cumplan.
Y el quinto tiene que ver con ustedes, queridos lectores… Y con todos… Y conmigo: espero que 2011 nos traiga salud, paz, prosperidad y amor… Sí, mucho amor, para que a diario nos sonría la vida… ¡Feliz año!