El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

El milagro de la incomunicación

11 de julio de 2013 - 06:06 p. m.

Cuando mi hijo de 21 años me propuso que nos fuéramos de vacaciones en un velero, le contesté: “¡No existe la más mínima posibilidad!”.

PUBLICIDAD

Sin embargo me quedé pensando: “Durar 12 días en un barquito en el Caribe, sin celulares, ni computadores, ni chat, ni Facebook, ni internet, ni tv, hablando con mis hijos menores, escuchándolos, oyéndome ellos a mí, o simplemente compartiendo el silencio, solos los tres, sin amigos, ni rumba, acompañados apenas por la guitarra de Federico, la inmensidad del mar, el cielo azul, las estrellas, los pájaros, los peces, las tortugas que nadan por ahí, y… rodeados de tiburones, ¡puede ser la dicha!”.

Entré a internet y vi que era factible arrendar el velero. Consulté el plan con mi hija, y lo aprobó. Entonces le dije al menor: “Cambié de opinión: nos vamos en el barco”. ¡Federico no podía creer lo que oía!

Cuando nos disponíamos a tomar el avión rumbo a San Martin (Antillas Francesas y Holandesas), vía Panamá, María exclamó:

—¡Mami, este es un viaje un poco extremo!

—¿Por qué lo dices?

—Primero, porque corremos el riesgo de naufragar… Y segundo —y eso es lo peor—, ¡porque corremos el riesgo de no naufragar!

¡Soltamos la carcajada!

En ese instante nos encontramos con los escritores Roberto Burgos y Alberto Salcedo, quienes viajaban a La Habana. Al contarles a dónde nos dirigíamos, Salcedo comentó: “¡Eso sí que es algo para explorar literariamente: cómo sobrevivir con los hijos, sin internet, ni redes sociales, solos, navegando 12 días en un velero!”.

“¡Ya tengo tema para esa columna que debo enviar no sé de dónde, para la que no tendré tema porque no sabré lo que esté pasando!”, pensé.

Y fue así como luego de establecer unas reglas de convivencia mínimas (escuchar música a un volumen tolerable para mí y audible para ellos, quienes a punta de oír música a un nivel ensordecedor tienen que haber ido reduciendo su capacidad auditiva; oírla a horas razonables; poner canciones agradables para los tres; escoger menús del gusto de todos, etc.), nos embarcamos en el puerto de Marigot, colmado de restauranticos franceses, en un pequeño catamarán, que parecía más estable que un velero. Y nos pusimos en manos del capitán y su ayudante, Colin y Clemence, una pareja de jóvenes franceses, inteligentes, divertidos, discretos y buenos marineros.

Y empezamos esta loca travesía por este Caribe de paisajes sin par y raíces comunes a pesar de su diversidad de lenguas y de historia, raíces que se plasman en ese ritmo venido del África reflejado por igual en el son cubano, y en el calipso jamaiquino, y en la cumbia colombiana, y en el zouk martiniqués, y en toda la música nacida junto a este mar, y en el meneo de los nativos al bailar; travesía por este Caribe de mis recuerdos que nos ha permitido, a mis dos hijos menores y a mí, redescubrir nuestra relación, enriquecerla, consolidarla y disfrutarla, sin esas decenas de pitos, vibraciones e interrupciones por minuto que te impiden estar ahí, presente, dialogando con los tuyos, y que les impiden a ellos escucharte, ver cómo eres, mirarte, mirarse, mirarnos a los ojos, oírnos en silencio, comunicarnos con el corazón…

No ad for you

Y sí, aquí seguimos navegando y descubriendo cada vez más. ¡Qué tan dañina es para las relaciones humanas esa incomunicación que nos agobia, causada por el exceso de comunicación con todo y con todos a la vez! ¡Y qué tan grato es hallar el silencio, y encontrarse!

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias