CUANDO EL MIÉRCOLES, HACIA LAS 6 de la mañana, escuché a Darío Arizmendi anunciar por la radio esta triste noticia para las letras y las gentes del Caribe —»acaba de fallecer el escritor David Sánchez Juliao»— lloró mi corazón.
Y no sólo lo hizo por la ausencia de ese entrañable escritor y amigo, sobrino del famoso bohemio loriquero Eugenio Sánchez, Sánchez C., quien sobre el piano de mi madre hizo que mi padre colocara un retrato de Bethoven acompañado de un letrero que decía: “Siéntete tranquilo allí donde se canta porque la mala gente nunca tiene canciones”. Antes de ayer, también lloró mi corazón por ese almuerzo que acordamos hacer con David y que la muerte nos arrebató de la mano. Íbamos a hablar de por qué, en los años 40 y 50, la violencia entre liberales y conservadores no se sintió en nuestra querida Costa Atlántica como sí se instaló en el resto del país y, en cambio, en los últimos años, el paramilitarismo, en gran parte importado de Antioquia, ha campeado por las tierras alegres y pacíficas del Caribe. Y lloró mi corazón de igual manera por los encuentros aplazados para siempre con los amigos del alma que, sin aviso previo, como suele ocurrir, se van de este mundo, como también, más temprano que tarde, nos iremos nosotros: sí, el miércoles lloró este corazón por la fallida parranda que para ponernos al día con la vida habíamos planeado hacer con mi condiscípula y poeta preferida, María Mercedes Carranza, de cuyo placer me privó su imperdonable decisión de morirse. Y lloró por esa visita que prometí hacerle a ese inmenso ser humano que fue mi amigo, el cardiólogo y creador de la Fundación Cardioinfantil, Reinaldo Cabrera, y que por evitar contagiarle una tonta gripa no le hice, y por la que tampoco le realicé a ese gran liberal que fue Apolinar Díaz Callejas. Y lloró por ese café que, al encontrarnos en un entierro, acordamos tomarnos con Gretel Werner, decana de Humanidades de la Universidad de los Andes, sin imaginar que al próximo entierro al que yo concurriría sería al de ella. Y lloró por mi charla aplazada para siempre con ese importante empresario que fue Rafael Espinosa, quien iba a contarme cómo, a él, lo formó mi padre. Y lloró por la entrevista que sobre sus vivencias escolares iba a tener con un condiscípulo suyo, el expresidente Alberto Lleras, y que jamás concreté. Y lloró por esos otros vinos que no me tomé con mi brillante y querido amigo Luis Guillermo Sorzano. Y lloró por ese último chiste opita que no le conté a ese otro amigo, el asesinado ministro de Justicia Rodrigo Lara. Y por las palabras que hubiera deseado decirle y que no le dije a uno más, el sacrificado Luis Carlos Galán. Y por los centenares de otras charlas que me faltó tener con mi compadre Eligio García Márquez. Y por las canciones que me faltó cantar y los boleros que me faltó bailar con un gran amor. Y por el amor que tampoco disfruté con otros grandes amores. Y por las frases amables que no dije y los abrazos que no di. Y lloró por el montón de caricias que me quedaron pendientes con mi madre… Entonces, el miércoles, en la soledad de la madrugada de mi alcoba, me prometí no volver a aplazar lo importante: las palabras gratas, los gestos generosos, el placer de escribir, el de la música, el de conversar con los hijos, el de jugar con los nietos, el de dar y recibir caricias, el de crecer en compañía de los amigos, el de dejarse envolver por la magia del amor, en una palabra, el de andar con el corazón abierto por la vida…