El debate sobre paramilitarismo promovido por el senador Iván Cepeda contra el senador Álvaro Uribe puede ser el comienzo del fin de esta sangrienta pesadilla generada por la nefasta combinación de las formas de lucha de la izquierda y de la derecha, en virtud de la cual, durante décadas, las guerrillas se apoyaron en dirigentes y organizaciones de izquierda, y los paramilitares se soportaron en hacendados, empresarios de derecha y sectores de las Fuerzas Armadas y, en algunos casos, operaron en complicidad con ellos.
Cepeda puso el dedo en la llaga, Uribe contraatacó, todos se alinearon y las duras verdades salieron a flote.
Es que después de ver juntos los viejos cargos contra Uribe, queda claro que él ha vivido cerca del narcotráfico y del paramilitarismo desde cuando compartía con los Ochoa su gusto por los caballos; luego, cuando fue director de la Aeronáutica y dio licencias a personas relacionadas con los narcos y le concedió una a un helicóptero perteneciente a una empresa de la que era socio su padre, aparato que apareció en el allanamiento al laboratorio de Tranquilandia; después, cuando fue nombrado miembro de la Junta Directiva de Comfirmesa, compañía de Luis Carlos Molina Yepes, que apoyaba al cartel de Medellín y tuvo relación con el homicidio del director de El Espectador, Guillermo Cano; más tarde, cuando como gobernador de Antioquia expandió las Convivir y, coincidencialmente, las masacres paramilitares se incrementaron en Antioquia; luego, cuando durante su presidencia la mayoría de los congresistas de su coalición acabaron involucrados en la parapolítica; en fin, Cepeda citó decenas de indicios y pidió que la justicia investigue si hay “un aparato criminal que ha actuado en el entorno de Álvaro Uribe, (y) que articula organizaciones criminales y niveles institucionales del Estado”.
Es muy válida su petición. Pero también es verdad que a Uribe no se le ha podido comprobar nada. En otras palabras, es evidente que él ha andado con la miel, no que se le haya pegado.
No obstante, si la justicia investiga bien, probablemente concluirá que sí ha existido ese aparato. Pero si va más allá, también tendrá que ver, como dijo el senador Antonio Navarro, que la combinación de las formas de lucha practicada por la izquierda, generó el que, en lugar de que se procesara judicialmente a los dirigentes allegados a las guerrillas, los paramilitares, con la complicidad de sectores institucionales, acribillaran a los dirigentes de la Unión Patriótica y el Partido Comunista, como Manuel Cepeda, padre de Iván.
Y, a propósito, fue desgarrador comprobar cómo nuestro Congreso también es un foro de víctimas y, por ello, el debate fue citado por el hijo de un asesinado por los paramilitares, contra un hijo de un muerto por las Farc; y en él participaron un ministro hijo de un acribillado por el Eln; y otro ministro, hijo de un muerto en el asalto al Palacio de Justicia perpetrado por el M-19; y un ex miembro del M-19 mutilado a causa de un atentado cometido por miembros de la seguridad del Estado; y un hijo del líder del Nuevo Liberalismo asesinado por el narcotráfico; y otro del acribillado por los mismos, el ministro Rodrigo Lara, cuyo hijo, por lo que vimos, heredó la brillantez y la elocuencia de su padre.
De modo que, como dijo Navarro, este país necesita “menos arrogancia de parte de todos y menos derecho a sentirnos los únicos con la capacidad de tener la verdad”.
Y si no lo creen, miren no más el reguero de cadáveres que todos los bandos han dejado por el camino.