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Lecciones de un secuestro

20 de noviembre de 2014 - 07:49 p. m.

Espero que el general Alzate y sus acompañantes ya estén libres y le expliquen al país por qué cometieron la imprudencia de meterse en la boca del lobo de la guerra.

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Por eso escribo más bien de la tragedia que hubiera ocurrido si las cosas hubieran salido mal, y de cómo lo sucedido puede aprovecharse en bien del proceso.

La tragedia no hubiera sido otra que la ruptura de una paz que está cerca si las partes actúan con prudencia y sabiduría. Pero también es una paz que puede escaparse en un instante, dado el diluvio de misiles que a diario le dispara la extrema derecha, apoyada en el hartazgo que de la violencia de las Farc tiene la mayoría de los colombianos.

Es que si el general hubiera muerto durante el fuego cruzado de un rescate militar, o si sus captores lo hubieran asesinado para evitar la pérdida de su rehén, como lo hicieron en 2003 con el gobernador de Antioquia Guillermo Gaviria y con su asesor, el exministro de Defensa Gilberto Echeverry, o si simplemente hubiera fallecido por un infarto, como le ocurrió al exministro Argelino Durán, cuyo secuestro y muerte en manos de la guerrilla acabó en los 90 con los diálogos de paz de Caracas y Tlaxcala, este proceso, que ha llegado más lejos que cualquier otro, se hubiera vuelto añicos.

Y ello hubiera ocurrido, no porque las Farc hubieran violado algún acuerdo, pues el Gobierno se ha empeñado en negociar en medio del conflicto, sino porque el país no hubiera tolerado un hecho semejante y, muy probablemente, el presidente Santos se hubiera visto forzado a romper el proceso.

Y esa hubiera sido una tragedia inenarrable porque, aun cuando no lo crean, estos 60 años de guerra ya nos han dejado más de 700.000 muertos y 200.000 desaparecidos, es decir, que ya estamos a un paso de alcanzar el millón de cadáveres y de completar siete millones de víctimas en este absurdo conflicto que no podemos permitir que nos cause un solo muerto más.

Sin embargo, el secuestro del general Alzate les deja a las partes el mensaje de que ya les llegó la hora de acordar cómo desescalar la guerra. Hasta ahora, las Farc han insistido en que se pacte una tregua bilateral que les daría un respiro y les aliviaría la presión de firmar la paz antes de que los aniquilen, de modo que podrían aprovechar más tiempo la pantalla política que les da su exposición a los medios en La Habana. Y el presidente Santos ha insistido en que se negocie en medio del conflicto, porque si bien así se le dificulta más hacer que el país entienda las bondades del proceso, ejerce una presión que lleve a la guerrilla a negociar con más celeridad. La izquierda, por su parte, también ha pedido que se pacte una tregua bilateral. Pero en eso se equivoca: paradójicamente, pactar una tregua puede acabar en segundos con las negociaciones, porque les abre las puertas a los enemigos agazapados de la paz, de que hablara Otto Morales Benítez, para que cometan un crimen mayúsculo, del cual sería fácil culpar a las Farc y, así, acribillen de un plumazo este sueño de paz.

En cambio, las partes pueden hallar la forma de “hacerse pasito”; el Gobierno, puede emprender el desafío de cumplir con los importantes puntos del acuerdo agrario y, las Farc, iniciar su principal batalla: lograr enamorar al país.

(¿Qué tal que, agobiados por la arrogancia y las dilaciones de las Farc, la mayoría de los colombianos votaran NO a los acuerdos?)

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¡Bravo, maestro Héctor Osuna! ¡Su vida y obra, sus trazos y su inteligencia, merecen este y todos los premios!

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