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¡Me robaron “La Oculta”…!

26 de marzo de 2015 - 11:00 p. m.

¡Nunca había sentido al tiempo tanta tristeza y tanta alegría! Las experimenté luego de comprobar que me habían robado el más reciente libro de Héctor Abad, La Oculta, del que me faltaban por leer las última cien páginas: viajaba en un tren de Madrid a Cádiz y, poco antes de parar en Jerez de la Frontera, me había levantado un momento y había dejado el libro sobre la silla.

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Al regresar, éste no se encontraba en el asiento, ni aparecía caído en lugar alguno. Luego de buscar infructuosamente en todos los sitios posibles, llegué a la conclusión de que, seguro, alguna de mis vecinas, que habían descendido en esa estación, al verme tan embebida en su lectura, había cedido a la tentación de apoderarse de mi tesoro.

Porque La Oculta sí que es un tesoro: es una novela que, sin proponérselo, o quizás proponiéndoselo, da en la clave de la razón de la violencia en Colombia, que no es más que ese absurdo apego irremediable de los colombianos a la tierra.

El libro, enmarcado en una estructura simple, cuenta una historia aparentemente sencilla también, que el lector no puede parar de leer hasta terminarla: la de tres hermanos que acaban de perder a su madre y que, desde su diferente perspectiva, alternando sus relatos en primera persona, hablan de su vida, de sus amores, de sus encuentros sexuales, siempre atados a esa finca, La Oculta, heredada de su padre, y de la cual se ocupaba su madre, pero que, al morir ella, ahora les pertenecía por completo, con todas las dificultades que les acarreaba y con las tragedias que les imponía: un secuestro de la guerrilla, amenazas de paramilitares, un incendio, un ahogado en el lago, pérdidas sucesivas… Sin embargo, les era casi imposible desprenderse de La Oculta, no sólo porque al padre moribundo le habían prometido que nunca venderían la finca, así necesitaran el dinero que les dieran por ella para pagar el secuestro de uno de los hijos, sino porque a ella estaban atados su vida, su infancia, sus amores, sus desamores, sus recuerdos, sus ancestros, la memoria de sus padres, y en ella reposaban los restos de sus muertos…

Con esta novela, que trata un tema aparentemente local —el del amor de los paisas a la tierra y la colonización de Jericó—, Héctor Abad Faciolince nos regala una obra universal que explora los apegos que esclavizan al ser humano, quien, con tal de conservarlos, está dispuesto a arriesgarlo todo e, incluso, hasta matar, como tantas veces ha sucedido en Colombia.

O transgrede la ley, como lo hace una de las protagonistas, quien para conservar la finca acaba pagándoles vacuna a los paramilitares a escondidas de sus hermanos.

O como lo hice yo, que para terminar de leer La Oculta, ¡también se la robé a mi exmarido!

Otra obra de arte: La Sinfonía Selva: magia, ritos y chamanes, compuesta y dirigida por Alejandro Ramírez, basada en una serie de ocho cuadros de Carlos Jacanamijoy, interpretada por la Orquesta Sinfónica de Colombia, presentada hace poco en el Teatro Colón, en una función inolvidable en la que, con una puesta en escena del Ministerio de Cultura, con cada uno de los cuadros de fondo, en la serie de ocho movimientos, se recrea la vida de un chamán, desde la Algarabía del alba, como se llama el primer cuadro, hasta el Grito de noche, como se titula el último, todo adornado con un baile de luces que se mueven al ritmo de la música a medida que ésta retrata el colorido de los cuadros. Es una sinfonía que bien merece mostrarse en el mundo…

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