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Mis maestros

16 de diciembre de 2008 - 09:56 p. m.

ADEMÁS DE MI PADRE, RÓMULO LAra Borrero, yo he tenido en la vida dos grandes maestros: Danilo Cruz Vélez, fallecido en Bogotá la semana pasada a los 88 años, uno de nuestros filósofos más destacados, discípulo de Martin Heidegger en la Universidad de Friburgo, fundador de las facultades de filosofía de las universidades Nacional y de Los Andes, autor de libros importantes (¿Para qué ha servido la filosofía?, Filosofía sin supuestos: de Husserl a Heidegger, Nietzcheana, El mito del rey filósofo: Platón, Marx, Heidegger, y Tabula rasa), maestro de toda una generación de intelectuales (los periodistas Enrique Santos Calderón, Jorge Restrepo, María Elvira Samper, las escritoras Laura Restrepo, Piedad Bonet y María Mercedes Carranza, los directores de teatro Ricardo Camacho y Jorge Plata, los profesores Conrado Zuluaga, Gretel Werner (q.e.p.d), Amalia Iriarte y María Luisa Ortega, en fin, tantos humanistas que han dejado huella en el país); y Carlos Lleras Restrepo, uno de los presidentes y de los periodistas de opinión más importantes que ha tenido Colombia, uno de los políticos más rectos y más fieles a sus principios, uno de los escritores más prolíficos, y uno de los mejores seres humanos que he conocido, cuyo centenario se está celebrando ahora.

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Recuerdo a Danilo, con su paraguas en la mano durante sus largas caminatas de su casa a la universidad, y evoco su gesto afable, su rigor académico, su capacidad de darle vueltas durante meses a un texto filosófico hasta desmenuzarlo y volverlo comprensible, su empeño en enseñarnos que hay que ir hasta las fuentes del saber y basarse en ellas, sus exámenes finales, siempre orales, a los cuales nos permitía llevar apuntes, sí, recuerdo a ese gran maestro de Filadelfia, Caldas, que a tantos nos enseñó a pensar.

Y me acuerdo del doctor Lleras en esas tardes de lunes en las que en la biblioteca de su casa, con Luis Carlos Galán, codirector de Nueva Frontera, o con María Teresa Herrán, jefe de redacción, o con la inolvidable María Mercedes Carranza, su mano derecha hasta el final, o solos los dos durante el primer año de la revista, nos reuníamos en consejo de redacción a planear la edición siguiente y a escucharlo relatar anécdotas de la historia del país, que él recordaba a medida que repasaba la vieja colección de El Tiempo, que le servía para escribir la Historia de la República Liberal o la Crónica de mi propia vida; o lo veo revelándonos detalles de sus encuentros con personajes como el Che Guevara, con quien tuvo una enorme empatía a pesar de sus diferencias políticas; o lo evoco enseñándonos los rumbos de la política internacional o contándonos con picardía los cotilleos de la vida palaciega que en secreto le transmitían sus informantes; o lo oigo recitando sus traducciones de grandes poetas para llenar con ellas la sección poética de Nueva Frontera; o me veo aprendiendo de él que las ideas no se negocian, como ocurrió en esa Convención Liberal de junio de 1973 que designó candidato a Alfonso López porque Lleras, antes que transar con Julio César Turbay, propuso que se adelantara la votación a sabiendas de que así precipitaría su derrota pero mantendría intacta su dignidad.

 Sí, es tan honda la huella y son tan importantes las enseñanzas que me dejaron el doctor Lleras y Danilo Cruz, que sólo puedo darle gracias a la vida por haberme dado el privilegio de que ambos hayan sido, junto con mi padre, mis tres maestros.

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