Resulta difícil entender que una misma persona tenga facetas tan distintas o que, en pocos años, haya cambiado tanto:
uno era el médico, filósofo y psiquiatra Luis Carlos Restrepo, autor de doce libros, entre ellos Libertad y locura, La trampa de la razón, El derecho a la ternura y La fruta prohibida: la droga como espejo de la cultura; otro era el alto comisionado del gobierno de Álvaro Uribe, que indujo a que confiaran en la justicia y a que se desmovilizaran cerca de treinta mil paramilitares; otro el que se engolosinó con el poder y quedó atrapado por la libido imperandi; y uno muy distinto es el Restrepo de hoy, un prófugo de esa misma justicia en la que él inducía a los delincuentes a que confiaran, quien pretende liderar desde la clandestinidad una campaña para que Uribe y su seguridad democrática regresen al poder, cuando el presidente de hoy es el antiguo ministro de Defensa de Uribe y el autor de los grandes golpes que éste le propinó a la guerrilla, y que, como primer mandatario, Santos le ha seguido ocasionando. (Ahora, que el presidente de hoy no sea un títere de Uribe, ni de nadie, es otra cosa, ¡y es algo por lo cual muchos le damos gracias a Dios!).
¡Sí, a nadie le cabe en la cabeza que el mismo ponderado doctor Restrepo de ayer sea ese barbado subversivo de hoy, capaz de cometer semejante disparate! Es que él es una especie de símbolo de la confiabilidad en las instituciones, como pueden serlo el director de la Policía en el caso de la Policía, o el Ministro de Defensa en el de las Fuerzas Armadas, o el Papa en el de la Iglesia. Dicho de otra manera: si un excomisionado de Paz del peso de Luis Carlos Restrepo se convierte en prófugo de la justicia porque, según él, carece de garantías, ¿cómo se les podría pedir a unos guerrilleros o a unos miembros de las autodefensas que estuvieran dispuestos a incorporase a la vida civil, que confiaran en que se les brindarán las garantías necesarias?
¡Luis Carlos Restrepo no puede preocuparse por salvar su pellejo no más! Así fuese cierto, que no lo es, que carece de las garantías para que se le celebre un juicio justo en el proceso que se le sigue por la falsa desmovilización de la columna Cacica La Gaitana de las Farc, él tiene una responsabilidad con el país y con la sociedad colombiana, y debe actuar en consecuencia. Y ello no es otra cosa que regresar a Colombia, presentarse ante la justicia, demostrar su inocencia y, si es llevado a la cárcel, así él piense que es víctima de una injusticia, enfrentar esa situación y aprender de ella. Es más, para un psiquiatra podría ser muy interesante conocer ese mundo por dentro y escribir un libro sobre esa experiencia, como lo hicieron Álvaro Mutis o Nelson Mandela.
Por otra parte, al irse lanza en ristre contra el presidente Juan Manuel Santos, Restrepo pareciera sugerir que esa “falta de garantías” estuviera siendo orquestada por el Gobierno. Y no habría creencia más absurda: en este país es muy clara la división de los poderes, y nadie puede culpar al Ejecutivo de las actuaciones de los jueces o de las leyes que presenten y aprueben los parlamentarios, o viceversa.
Luis Carlos Restrepo parece haber caído en esa paranoia que están padeciendo los viudos del poder y que él, como psiquiatra, tantas veces debe haber tratado.
¿También estará requiriendo tratamiento urgente? ¿Se habrá chiflado el psiquiatra?