Muchos piensan, equivocadamente —como santo Tomás—, que hay que ver para creer… Otros estamos convencidos de que hay que creer para ver… Pero ahora, quienes dicen que sólo creen en lo que ven, y no han hecho más que sembrar de pesimismo los corazones de sus allegados y los suyos propios, y estimular el odio entre compatriotas, haciendo hasta lo imposible, de manera consciente o inconsciente, por alejar la paz, van a tener que rectificar sus posiciones y reconocer que estaban equivocados, porque con el acuerdo sobre desminado de territorios al que acaban de llegar en La Habana el Gobierno y las Farc, Colombia ha emprendido definitivamente su carrera hacia la paz.
El acuerdo implica que Gobierno y Farc trabajarán “conjuntamente para limpiar algunos territorios rurales de minas terrestres y municiones sin explotar”. Y habrá equipos en los que “participarán miembros representantes de las Farc, sin uniforme, sin armas y previa suspensión temporal de las órdenes de captura de acuerdo con la ley”, que brindarán “la información requerida” y acompañarán “el proceso de desminado” de manera que el Batallón de Desminado del Ejército Nacional (Bides) se encargue “de la limpieza y desminado de las zonas bajo la coordinación de Noruega”, según palabras del jefe del equipo negociador del Gobierno, Humberto de la Calle.
Ello significa, ni más ni menos, que pronto veremos la primera y verdadera foto de la paz: soldados de nuestro Ejército y combatientes de las Farc trabajando hombro a hombro en el desminado de los campos de Colombia para erradicar esas minas que, como dijo De la Calle, “les han quitado el sueño de vivir a miles de personas en nuestro país. A cientos de niños, a cientos de miembros de la Fuerza Pública que han sido víctimas de ellas”.
Las palabras de De la Calle no sólo fueron trascendentales sino conmovedoras: “mi mensaje hoy —dijo— es para los niños de Colombia. Para los niños que viven en el campo. Para los niños que corren el peligro de morir o quedar heridos por la explosión de una mina cuando caminan a la escuela o cuando juegan en un parque”.
¡Sí, es que han sido demasiados los niños que han perdido su vida en esta puta guerra! ¡O que han quedado sin brazos o sin piernas, o sin padre o sin madre, o sin sus amiguitos o sus familiares más queridos!
¡Puede que no haya sido a sus niños a los que les ha ocurrido esa tragedia, querido lector! ¡Pero sí les ha sucedido a otros millones de niños colombianos que llevan por dentro y por fuera tanta belleza y que tienen tantos derechos como sus niños!
¡Quizás ese dolor no lo hayan sufrido sus nietos, senador Uribe! ¡Pero sí lo han sentido decenas de miles de nietos de compatriotas que le han dado su voto o han creído en usted!
¡Nos va a tocar descubrir cómo perdonar a los demás y cómo perdonarnos a nosotros mismos, senador Uribe! ¡Nos va a tocar aceptar que podemos convivir con otros que piensan distinto pero quienes, por esa razón, NO merecen morir!
¡Le va a tocar aprender todo eso, doctor Uribe! ¿Sabe por qué? Porque si no lo hace cada vez menos gente le va a creer, y cada vez más colombianos lo van a considerar un loquito que deambula por ahí, regando con odio las esquinas…
(Y ojo, doctor Óscar Iván, ¡tenga cuidado! ¡No vaya a ser que a usted le ocurra lo mismo! ¡Mire cómo el expresidente Pastrana entendió y rectificó! Piense en que lo mínimo que va a sucederle es que va a quedar out. ¡Y eso es nefasto para un aspirante a la Presidencia!).