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El éxito engendra fracaso

11 de mayo de 2008 - 05:55 p. m.

HAY QUE CRUZAR LOS DEDOS Y TOcar madera: es posible, aunque de ninguna forma seguro, que haya terminado lo peor de la crisis financiera. Esas son las buenas noticias.

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Las malas son que conforme se estabilizan los mercados, las posibilidades de una reforma financiera fundamental se estén alejando. Como resultado, es probable que la crisis siguiente sea peor que ésta. Veamos la historia hasta este momento.

Después de la crisis financiera que inició la Gran Depresión, los reformistas del Nuevo Pacto regularon el sistema bancario, con el objetivo de proteger la economía de crisis futuras. El sistema nuevo funcionó bien por medio siglo.

No obstante, al final, Wall Street hizo una jugada para darle la vuelta a las regulaciones usando complejos arreglos financieros, con lo que puso la mayor parte del negocio bancario fuera del alcance de los reguladores. Washington pudo haber revisado las regulaciones para resolver el asunto del nuevo “sistema bancario sombra” con disimulo, pero eso habría significado ir en contra de la ideología de adoración del mercado del momento.

En lugar de eso, funcionarios clave, desde Alan Greenspan para abajo, coreaban elogios a la innovación financiera y expresaban su desprecio hacia las advertencias sobre los riesgos en aumento.

Y, entonces, llegó la crisis. En agosto pasado, conforme los inversionistas empezaron a darse cuenta de la magnitud del desastre hipotecario, se vino abajo la confianza en el sistema financiero.

Creo que hemos tenido suerte de tener a Ben Bernanke como presidente de la Reserva Federal en estos tiempos difíciles. Es posible que carezca del talento de Greenspan para personificar al Mago de Oz, pero es un economista que ha impartido cátedra por mucho tiempo y a profundidad sobre la Gran Depresión y la década pérdida en Japón en los años noventa, y entiende lo que está en juego.

Bernanke reconoció, con mayor rapidez con la que otros pudieron haberlo hecho, que nos encontrábamos en una situación que tenía un parecido enorme con la gran crisis bancaria de 1930 y 1931. Su primera prioridad, por encima de cualquier otra inquietud, tenía que ser evitar una cascada de fracasos financieros que debilitaran la economía.

Los esfuerzos de la Reserva en estos últimos nueve meses me recuerdan la vieja serie de televisión MacGyver, cuyo héroe ingenioso siempre salía de situaciones difíciles armando con astucia artefactos a partir de objetos comunes y corrientes, y cinta plateada.

Debido a que las instituciones que tenían dificultades no se llamaban bancos, las herramientas usuales de la Reserva para resolver los problemas financieros, diseñadas para un sistema centrado en los bancos tradicionales, fueron inútiles en gran medida. Así es que la Reserva ha integrado arreglos improvisados para salvar la situación. Estaban el TAF y el TSLF (no pregunte), había líneas de crédito para invertir en bancos, y todo el asunto culminó con el rescate de Bear Stearns, sin precedentes y a duras penas legal, en marzo; un rescate no de la propia Bear, sino de sus ‘contrapartes’, esas que estaban del otro lado de sus apuestas financieras.

Aún está lejos de haber una certeza de que todas estas improvisaciones hayan resuelto la crisis. Sin embargo, era lo que había que hacer, y por el momento parece que las cosas se están calmando.

Así es que van dos porras para Bernanke. Infortunadamente, su mismísimo éxito —si es que lo ha tenido— presenta otro problema: le da al sector financiero una posibilidad de bloquear la reforma.

Ahora sabemos que, de todas formas, esas cosas que no se llaman bancos pueden provocar crisis bancarias, y que la Reserva necesita hacer rescates de tipo bancario en su representación. Lo que viene después es que se requiere una regulación de tipo bancario para los fondos de cobertura de riesgos, los vehículos especiales de inversión y así sucesivamente. En particular, se necesita que se les exija contar con el capital adecuado.

Sin embargo, mientras que nuestro sistema financiero fuera de control ha sido malo para el país, ha sido muy bueno para los embaucadores, que recaudan altos honorarios cuando las cosas parecen ir bien, y luego se van sin un solo rasguño —en efecto, frecuentemente con cuantiosas indemnizaciones por despido— cuando van mal. No quieren regulaciones que podrían estabilizar la economía y que sí restringirían su estilo de vida.

Y, ahora que se han despejado un poco las nubes financieras, la oposición a una regulación sensata va viento en popa. Incluso, se está atacando la propuesta muy modesta de la Reserva para controlar los préstamos hipotecarios abusivos por medio de una normatividad nueva, y hay signos preocupantes de que podría retractarse.

Quizás una victoria arrolladora de los demócratas en noviembre pueda revivir la causa de la reforma financiera, pero en este momento pareciera que pronto vamos a retornar a lo mismo de siempre.

El paralelismo que me preocupa es lo que sucedió hace una década, después de que fracasó el fondo de cobertura de riesgos, denominado Administración de Capital a Largo Plazo (ACLP), que causó el congelamiento temporal de todo el sistema financiero.

Con suerte y habilidad, se contuvo la crisis, pero en lugar de servir como advertencia, el episodio alimentó la falsa creencia de que la Reserva tenía las herramientas necesarias para resolver los impactos financieros. Así es que no se hizo nada para remediar las vulnerabilidades que reveló la crisis del ACLP, las mismas que están en el centro de la crisis actual, que es mucho mayor.

Y si no arreglamos el sistema ahora, hay todas las razones para creer que la siguiente crisis será aún más grande, y que la Reserva no tendrá suficiente cinta plateada para mantener unidas las cosas.

* Columnista de The New York Times, profesor de Stanford University. c. 2008 – The New York Times News Service.

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