En 1974, el premier chino Chu En-lai, al ser preguntado sobre la relevancia de la Revolución Francesa en el desarrollo de la humanidad, respondió: “Es demasiado pronto para decirlo”. 230 años después puede ser demasiado temprano para evaluar los acontecimientos y su evolución, pero las tres palabras: liberté, egalité et fraternité, siguen dando mucho de qué hablar. En la actual crisis de la democracia donde algunos hablan, incluso, de su fin, es oportuno reflexionar sobre el reto que el tiers état (el pueblo francés) lanzó a la sociedad ese 14 de julio 1789 cuando París se tomó la Bastilla.
Francia en aquel momento vivía una época de opulencia en bancarrota. Con mucho libertinaje, pero sin libertad plena. Los franceses en promedio de edad eran jóvenes y los gestores de la revuelta oscilaban entre 20 y 25 años, con un futuro incierto. Las mujeres no tenían roles más allá de la procreación y la estética. ¡Hasta el idioma era añejo! Era lo viejo frente a lo nuevo. En los diez años del periodo de la ruptura contra el antiguo régimen, se habló de los excluidos que eran quienes vivían (no había comida ni trabajo) en París, una ciudad que albergaba más de 200.000 personas.
Si Camille Desmoulins, un tartamudo que habló de corrido frente al Café de Foy el 11 de julio de 1789, pudiera ver hoy con sus propios ojos si su arenga repleta de odio por su situación sirvió de algo, este mal abogado jacobino sentiría una especie de saudade. Hay menos hambre, sí, pero todavía cerca de 900 millones de habitantes de este planeta se acuestan sin comer. Le reconoceríamos a Camille que fue hasta el año 2000 cuando el mundo pudo ponerse de acuerdo para trabajar, de forma conjunta, en ocho objetivos de desarrollo para poder alcanzar metas globales en materia de igualdad.
Si Claude Fournier, “el americano”, abriera sus ojos en la actualidad podría ver la evolución del papel de la mujer en el mundo presente. Fournier fue gestor de la gran marcha de las mujeres sobre Versalles en octubre de 1789, para dejar de lado de una vez por todas el absurdo mensaje de María Antonieta, quien con sus extravagantes gustos y peinados tenía condenadas a las damas de esa época a un papel meramente cosmético. “El americano” vería con dolor cómo todavía las trabajadoras no reciben el pago igualitario. Su grito de “matan a los niños” hoy es más actual que cuando esbozó esas palabras en París aquella mañana del 14 de julio.
El “negro” Guillaume Delorme fue un sans-culotte (desarrapado) de una estatura gigantesca para ese tiempo. En su afán por ser incluido firmaba “De Lorme” buscando ser un negro parte de algo. Y finalmente lo fue: de la Revolución. Si llegara a ver la situación de los afros en este mundo se llevaría la ingrata sorpresa de que en su inmensa mayoría no tienen ni libertad, ni igualdad; aunque algo de fraternidad entre ellos hay. En otras palabras, todavía no son parte de nada. Tendríamos que decirle a Guillaume que la raza afroamericana tuvo un primer presidente de una potencia mundial el año 2009, justo 220 años después de la heroica gesta francesa.
El análisis de las consecuencias de la Revolución Francesa y el ejemplo de un nuevo régimen tienen tanto de largo como de ancho, pero las luchas de los franceses sirvieron de pivote para que los gestores y los testigos le dijeran al mundo que había un camino novedoso para tramitar una mejor forma de vivir en sociedad con valores compartidos y perpetuos. Seguramente falta mucho para saber si fue positiva o no esa revolución. Por fortuna todavía podemos hacer estas observaciones en libertad, igualdad y de forma fraterna. ¿La respuesta la tienen los Desmoulins, Fournier y Delorme modernos o los Trumps, Putins o Maduros?