Los aplausos no paraban. Tuvo que salir al escenario tres veces y siempre hizo que los músicos de la Orquesta Simón Bolívar de Venezuela, los cantantes solistas y los integrantes de los coros se pusieran de pie para que recibieran el homenaje del público. Fue la presentación, anteayer, en el atiborrado Julio Mario Santodomingo, de la novena sinfonía de Beethoven, culminando una semana de repertorio sinfónico del genio alemán fallecido en 1827.
Gustavo Dudamel, nacido en 1981, es orgullo de Venezuela y América Latina. Amén de ser director de la Filarmónica de Los Ángeles, de la Simón Bolívar y la de Gotemburgo, invitado a dirigir en Viena, Berlín, Tokio, San Francisco y Nueva York, Dudamel es uno de los frutos que ha dado lo que en Venezuela llaman “el sistema”.
Hay uno que otro bruto, de acá y de allá, que lo tacha de “castro-chavista”. El fenómeno Dudamel ha sido posible gracias a una política de Estado iniciada hace 40 años y, cosa extraña para Colombia, país de Adanes y Evas, que inventan y refundan, el sistema nacional de orquestas y coros juveniles e infantiles de Venezuela ha sobrevivido a adecos, copeyanos y chavistas. Como los músicos se forjan desde pequeños, lo de menos es si el presidente ha sido Pérez, Lusinchi, Caldera o Chávez.
Ha sido la política sostenida que, desde 1975, ha propiciado en Venezuela la democratización del acceso a lo que todavía algunos llaman música clásica o “culta”. El artífice ha sido José Antonio Abreu, un hombre cuyos principales títulos académicos se relacionan con la economía petrolera (Ph.D. de la U. de Pensilvania), aunque lo suyo es la composición y la dirección orquestal. Centenares de miles de niños y jóvenes venezolanos han pertenecido al sistema, como ha sido el caso de Dudamel, desde sus cuatro años.
Sí: Abreu, también atacado por su trabajo actual, ha tenido cargos y responsabilidades en todos los gobiernos desde la creación del sistema, incluyendo el de Ministro de Cultura (mucho antes de Chávez), además de ser embajador de Unesco, miembro de la Royal Philarmonic Society y ganador de premios como el Príncipe de Asturias. Acompañó la creación, en Colombia, de la Fundación Nacional Batuta en 1991, promovida por Ana Milena Muñoz.
Son de Mahler, Wagner, Beethoven, Strauss, Verdi, Mendelssohn, Brahms, Gershwin, las obras grabadas por el sello Deutsche Grammophon y dirigidas por Dudamel. Pero también están las maravillosas piezas Danzón No. 2, la venezolana Fuga y pajarillo, los mambos o los porros de Lucho Bermúdez que Dudamel dirige y difunde. Música de todos para todos.
Más allá de Dudamel, el gran significado radica en las oportunidades que la educación musical ofrece para reducir la pobreza y la exclusión. Receta para Colombia, país de alta inequidad y gran carga de agresividad, con inmensos talentos y riqueza musical de sobra, a la espera de oportunidades. Los músicos, por regla general, no matan. Sería un buen paso para el llamado posconflicto.