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Empresarios: claves en nuevas narrativas

03 de septiembre de 2019 - 12:00 a. m.

Las redes sociales permiten que nos informemos más y, a la vez, que seamos más sectarios y excluyentes al opinar sobre los temas públicos.

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Día tras día se construye una atmósfera cargada de odio, contexto imposible para que Colombia salga adelante de cara a los descomunales retos que plantean la tecnología, la globalización de los mercados y el cambio climático.

Como herramientas que son las redes, también podrían utilizarse para exaltar lo que como colombianos nos une. No parece que los políticos puedan hacer la tarea de renovar el lenguaje, anclados como están, los más prominentes, en la siembra (y cosecha) de broncas.

Quizás empresarios que comprendan que el futuro se construye en paz, exaltando los esfuerzos de millones de personas que, en medio de la adversidad, salen adelante y crean comunidad, puedan contribuir a sustituir la atmósfera de odio que rige el debate.

Twitter, Facebook, YouTube, Instagram y WhatsApp son hoy unos altavoces que nadie se hubiera imaginado hace dos décadas.

La posibilidad de expresar la opinión propia cuando, donde y como se desee cambió el escenario de discusión. Cualquier individuo, en apariencia, tiene un poder sin precedentes en el campo de los asuntos públicos.

Sin embargo, tampoco habían alcanzado el sectarismo y la llamada polarización tal virulencia como la que hoy caracteriza a la arena virtual. El pensamiento crítico es muy escaso y, como en las estampidas de los ñus en El rey león, la viralidad de una campaña equis arrolla sin piedad, como a Mufasa, padre de Simba, lo que le pongan en frente, sea la candidatura de la señora Clinton o el proceso de paz en Colombia.

En redes hay una primera categoría de orientadores de opinión, incluyendo los dirigentes políticos en ejercicio y aspirantes a cargos públicos. Otra, la compuesta por sus seguidores, y, finalmente, una masa sobre la que se quiere incidir. En las dos primeras es casi imposible que alguien, con argumentos, pueda cambiar de opinión. Hay en todas, sí, personas con criterio independiente y crítico, los menos, y, en la base, una mayoría apabullante de personas “influenciables”.

Gracias a las redes, los rusos incidieron en las elecciones de los EE. UU. hace tres años apelando a los sentimientos elementales de una parte de la población blanca susceptible a los prejuicios, por ejemplo, frente a las migraciones de mexicanos o de musulmanes, a partir de cuentas falsas y montajes de textos, memes y videos.

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Lo mismo hizo el movimiento de Nigel Farage en el Reino Unido, para darle un empujoncito de última hora, efectivo, al brexit. Es lo que hace Trump a diario, con casi 64 millones de seguidores en Twitter, y lo que ocurrió en Colombia cuando había que poner furiosa a la gente para que votara No en aquel plebiscito.

Hay que parar la locura de la agresión en las redes. Como muchos de los orientadores y sus seguidores no van a cambiar de opinión y seguirán en la misma tónica, hay que crear nuevas narrativas que hagan caso omiso del odio, generen confianza en las inmensas potencialidades de los colombianos y cambien el chip destructivo prevalente.

Los empresarios pueden liderar la tarea.

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