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Hawking: el perrenque del espíritu

19 de marzo de 2018 - 09:00 p. m.

La inmensa curiosidad y la determinación de salir adelante, pese a las limitaciones, deberían ser bases de la educación. El ejemplo contemporáneo de ello es el físico Stephen Hawking.

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La revolución de la tecnología, particularmente en los campos de la información y las comunicaciones, la interdependencia cada vez mayor entre individuos y comunidades a escala del planeta, el cambio climático, son algunos de los factores que están trastornando los modelos productivos y educativos vigentes hasta pocos lustros.

A los actores vinculados a la producción de bienes y servicios les corresponde cambiar, so pena de no sobrevivir, los modelos de negocios para competir en un mundo implacable que introduce, a diario, cambios marginales y profundos.

Tan solo hace 20 años Tower Records era una forma innovadora de llevar al consumidor la más amplia oferta musical de CD y en Blockbuster había que hacer cola los fines de semana para alquilar un par de películas. Uno y otro modelo fueron despedazados por aplicaciones tipo Spotify, Apple Music, Google Play que, a precios mínimos, pueden ofrecer decenas de millones de piezas musicales que cualquier persona puede escuchar en su móvil. Por su parte, qué se le va a hacer, Netflix está creando una nueva generación de adictos de todas las edades que no pagan más de diez dolares al mes por acceder a un enorme catálogo de películas y series, incluyendo la de Popeye y House of Cards.

Hay que extender el cuento a todos los campos, desde la venta por medios digitales de cualquier producto de consumo hasta el mercadeo político y las relaciones entre gobiernos y ciudadanía.

Se habla hoy de nuevas habilidades requeridas para quienes egresan del sistema educativo y tienen que vérselas con un mercado laboral literalmente salvaje, no por selvático y carente de oportunidades, sino todo lo contrario. Cada persona que egresa de una institución de educación superior sale con un título que no garantiza el empleo ni el éxito laboral. Por cada ingeniero, tecnólogo, técnico que irrumpe en el mercado del trabajo, hay millones de individuos que conocen y saben hacer lo mismo, en la escala local y global.

El cuento de culminar la formación con diplomados y todo tipo de posgrados se está quedando rezagado frente a un imperativo: el aprendizaje durante toda una vida.

En tales contextos, se habla de las habilidades y competencias del siglo XXI. Lo hacen la OCDE, el BID, los distintos gobiernos. Aluden, entre otras, al pensamiento crítico, la capacidad de tomar decisiones autónomas, al alfabetismo digital, la habilidad de trabajar en equipo y de auto-aprender, a las competencias ciudadanas (respeto al otro, construcción de confianza, respeto a la ley).

Mas allá del cambio tecnológico brutal que experimentamos, hay una dosis de incertidumbre implacable que se cierne sobre los jóvenes y, sin duda, sobre los empresarios que ven sus empresas en un mundo abierto. Caer, levantarse, caer de nuevo y levantarse de nuevo requiere de algo más: resiliencia, capacidad de experimentar caminos nuevos.

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Stephen Hawking, enjaulado por décadas en un cuerpo que no le permitía moverse, ni manipular un teclado, lo expresó en forma magistral: “Quiero mostrar que la gente no necesita estar limitada por inhabilidades físicas siempre y cuando no esté discapacitada en su espíritu”.

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