¿Política con argumentos? ¿Posiciones basadas en buenos diagnósticos y propuestas viables, que persuadan y convoquen consensos? ¿Políticos que, a partir de sus plataformas ideológicas, comunican sus posiciones y discuten con la razón y procuran resolver problemas?
Qué va… Es la política de la agresión recíproca, mediante la apelación a sentimientos primarios de seguidores reales y potenciales. Ánimo de venganza, odio y rencor, mala leche, son la plataforma del debate político en un escenario donde sólo caben el blanco y el negro. Sin matices, sin la menor posibilidad de aprender y comprender, así sea en forma mínima, de la posición del otro.
Sea Reficar, Isagen, el proceso de paz, Etb, los derechos de la población LGTB, los doce apóstoles, la comunidad del anillo, la reforma tributaria, el cuento es a trompada limpia. Un requisito indispensable para los bárbaros de uno y otro lado: meterse con las respectivas familias de sus adversarios, dónde más les duela.
Para consuelo de los maniqueos, no esta sóla Colombia. La campaña presidencial de los Estados Unidos ha mostrado, de sobra, como se puede llegar a ser nominado del Partido Republicano sin la verdad, contradiciéndose, ofendiendo. Lo que importa es el talante, la capacidad, como se dice por acá, “de poner la cara”. Ya se conoce la estrategia de Trump: apenas se confronte con Hillary: eludir los debates argumentales y meterse con las infidelidades del marido. Y lo más triste: la complacencia, el gusto de decenas de millones de votantes gringos, la mayoría blancos, hastiados de Washington y empobrecidos, xenófobos, misógenos, intolerantes.
Qué lamentable la pasada semana en Colombia, una entre muchas, caracterizada por las agresiones entre los líderes, los supuestos sabios de la tribu, gritando e insultándose. Expresidentes y presidente, congresistas, a grito herido, sin argumentos, cabezas de las ías, todos el centro del universo, descalificándose. ¡Qué ejemplo!
Se considera a Colombia como un país de ingreso medio alto. Lástima que ello no vaya acompañado de la madurez que, supuestamente, dan los sufrimientos de las guerras. Después de dos, mundiales, los alemanes aprendieron a pactar compromisos, a entender que el carro lo deben empujar entre todos. De ahí que las políticas que finalmente son adoptadas suelen caracterizarse por concesiones de parte de grupos disímiles.
Algo grave, además, en estas latitudes: la ausencia de verdaderos líderes políticos jóvenes que pudieran ordenar la seriedad y honestidad de los debates políticos. Los hijos de los líderes inmolados no les llegan a los talones a sus progenitores y la mayor parte de los demás carecen del empuje que les permita enfrentarse a los furiosos de siempre. Confío en que hay unas pocas que sacan la cara…
¿Será Colombia capaz de botar a la basura la posibilidad de salir de un entuerto que lleva 50 años? ¿O será que a la mayoría de los colombianos les gusta eso del talante, al margen de la verdad?