La música colombiana, una de las más diversas del continente, podría ayudarnos a vivir en paz.
Hoy, que hablamos de reconciliación y de respeto por la diversidad cultural, deberíamos reflexionar acerca de cómo convertir el patrimonio musical y la formación artística en mediación para la convivencia pacífica.
Restitución, retorno, reconciliación, reintegración, memoria histórica… Términos en boga en Colombia que nos remiten al encuentro con algo, con alguien. Volver a un lugar con esperanza de un futuro prometedor. Encuentro con el pasado, aunque no el de las violaciones a los derechos humanos, de las masacres y el desplazamiento.
Por otra parte, también están al día, al menos en la palabra, la diversidad pluriétnica y multicultural, el patrimonio cultural que, se supone, están protegidos por el estado.
¿Qué mejor que la música como memoria, como arte vivo y diverso, rural y urbano, como elemento clave de unión entre colombianos?
Pasada la violencia de los años 50 del siglo pasado, algunos municipios llaneros se inventaron los festivales del retorno para atraer a aquellos que habían sido desplazados. Se premiaban los mejores intérpretes del joropo y, por supuesto, se coronaba la respectiva reina. Aún existe, con ese nombre, el de Acacías (Meta).
Hoy, medio siglo después, en un país predominantemente urbano, la mayoría de los niños y jóvenes de las ciudades desconocen la música colombiana; en los colegios privados mejor calificados, los de mayores medios económicos, la ignorancia al respecto es total. Qué pena.
La ausencia de políticas sólidas que incentiven el rescate del patrimonio musical, la creación de semilleros, la formación musical en la educación básica y en conservatorios, y el relevo generacional, explica, en parte, que niños y jóvenes, aparentemente mejor informados que los de hace, digamos, dos y tres generaciones, desconozcan la riqueza musical colombiana.
Sin duda, hay hoy, por fortuna, esfuerzos formidables en todo el país. ChocQuibTown, el festival Petronio Álvarez, Hugo Candelario, el Mono Núñez, el festival Vallenato, los llaneros, el carnaval de Barranquilla, festivales de música urbana y tantos otros… Sin embargo, no es suficiente.
Pareciera que por patrimonio cultural se entienden objetos inertes, como el galeón San José.
No hay duda de que, en música, debe haber una especie de panteón cultural (si se quiere algo así como “vida y obra de…”) en el que no pueden faltar íconos como Francisco Benavides (el santandereano que convirtió al tiple en protagonista), Crescencio Salcedo, el Trío Morales Pino, Jaime R. Echavarría, Lucho Bermúdez, Joe Arroyo, Escalona, Alejo Durán y otros más. Son fuente de admiración e inspiración.
La música colombiana es un tesoro vivo. Las posibilidades de recreación e interpretación y de innovación son infinitas. Un buen paso, además de los mencionados atrás, podría ser el de incorporar la formación musical seria en los programas de jornada única.