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¿Paz sin innovación y sin política industrial?

25 de enero de 2016 - 03:52 p. m.

Algunos afirman que, de hacerse realidad el proceso de paz, estaría Colombia entrando, por fin, al siglo XXI.

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Resulta bastante obsoleto un conflicto más propio de las décadas anteriores a la caída del muro de Berlín. 26 años después, parecería que Colombia pasa la página e ingresa a una nueva época. Firmar la paz es, entonces, un acto tardío de actualización histórica.

Humberto de la Calle hablaba ayer, en foro promovido por la revista Semana, de una paz “chiquita” y otra grande.

Si la paz se restringe a cómo se reintegran unos miles de personas a la vida social y económica del país, participando en la producción de bienes y servicios y en política, el reto en realidad no es mayor. Si hay o no constituyente, cómo funcionará la justicia transicional evitando altas dosis de impunidad, si las Farc dejan las armas realmente, si la verificación es idónea, son retos que de ninguna manera son insuperables.

Si, en cambio, hay claridad para conseguir el consenso político para apuntarles a políticas de largo plazo que introduzcan transformaciones y bienestar en el campo, presencia institucional sólida, que mejoren la calidad del empleo y la educación en las ciudades, justicia efectiva, convivencia ciudadana, Colombia estaría aprovechando el proceso de paz como oportunidad para grandes cambios.

La cultura “pre-muro” no se circunscribe al conflicto. Uno de los temas estratégicos, que puede verse con los lentes antiguos también, es el de la llamada política industrial.

La paz con la Farc se firma en un año en el que el modelo de cuenta corriente sostenida por la bonanza de hidrocarburos hizo crisis. Es el modelo en el que 80 % del valor de las exportaciones de bienes correspondía a petróleo y sus derivados, carbón, níquel, oro, café, banano, flores, aquel en el que la producción manufacturera colombiana llegó al magro 12 % del PIB (BM, 2014).

Hay algunos que consideran que la industria nacional despegará pronto, tanto para abastecer el mercado interno como para aumentar su participación en las exportaciones, que la devaluación será el motor. Sin embargo, un aparato productivo industrial desmantelado no puede, de la noche a la mañana, exportar, así sea con tasa de cambio a $3.500.

Misión imposible si se sigue aferrado a la vieja mentalidad del “lobbying”, de los favores tributarios y la protección arancelaria, como sustitutos de la clave verdadera: producir con alta calidad en un ambiente de innovación y actualización tecnológica, en un contexto en el que la industria manufacturera se confunde con los servicios y está articulada a cadenas internacionales de suministro.

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Para ello, hay que comenzar cambiando las políticas actuales de ciencia y tecnología (cuyo máximo emblema ha sido la desastrosa e inútil política de regalías con mermelada), tan de la mano del desmantelamiento del frágil aparato de innovación colombiano. Para ello, la cultura empresarial y la pública deben modernizarse.

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