La función del circo del sábado estaba anunciada para las siete, aunque comenzó pasadas las ocho, con casi cincuenta asistentes.
La primera semana la boleta valía tres mil pesos, luego dos mil y ahora mil, para exprimir las últimas esperanzas de público en un pueblo de cinco mil habitantes, incluyendo el casco urbano y las nueve veredas.
El Royal Park Circus está instalado en El Cocuy, hermoso municipio que ha logrado hacerle el quite a la adicción cundiboyacence de derribar las viejas casas de teja y sustituirlas por los esperpentos de ladrillo y vidrio oscurecido.
La mujer que hace el contrapunto al payaso en el número del soldado es la esposa de Wilson, el trapecista, nacido en Sardinata. Ella es el corazón de la familia y el alma del trabajo. Wilson la conoció en Arboleda, Norte de Santander, cuando el circo de su padre plantó allí su carpa. A los tres días ella dejó su casa. Hoy tienen tres niñas y un chico, que hace las veces de “Garrapata”, un payasito que está mudando dientes y que entiende las cosas al revés, para delicia de los asistentes.
El payaso, pamplonés, es el padre de Wilson, hombre que lleva cincuenta años de circo. Ha sido barrista, pulseador, trapecista, músico y payaso. Los acompaña en la gira que Wilson comenzó en 2010 como empresario circense y que los ha llevado a Tasco, Monguí, Gámeza, Cerinza, Susacón, La Uvita…
En Tópaga un ventarrón se llevó la mitad de la carpa y la granizada del 13 de marzo de 2010 perforó el resto. La mitad del público veía el espectáculo sin pagar, por las troneras que el viento dejó; el resto, dentro, con sombrilla.
Wilson había hecho la carpa y la rehizo después del temporal de Tópaga con la ayuda de una máquina hechiza hecha por él, que le valió 20 mil pesos y que consta de una resistencia, teflón y cable, usada para pegar las partes de la gran lona.
Además del R-4 de don Óscar Salamanca, el padre, clave para el perifoneo en las calles, el equipo físico lo complementa un Nissan Patrol 73, que hala el trailer construido por Wilson y que alberga el camarote de las niñas y la cama doble, que la pareja comparte con “Garrapata”.
Se necesitan tres días para instalar la carpa y dos para empacar e irse al pueblo siguiente, que será El Espino. La carpa se traslada en ocho rollos que deben ser transportados, junto con la estructura y las tablas de las graderías, en camión, que hay que alquilar.
Cuatro muchachos, reclutados en los pueblos, ayudan en algunos números y con los procedimientos de armar y desarmar. Reciben 15 mil pesos por función. El circo paga arriendo, servicios e impuestos. La familia carece de seguridad social, como las de todos los cirqueros pequeños.
Los niños estudian, durante algunas semanas, en la escuela de cada pueblo. Allí los certifican y prosiguen así en el pueblo siguiente.
El Royal Park Circus no será el Circ du Soleil, pero sí ejemplo de dignidad, coraje, ingenio y emprendimiento de colombianos que, sin subsidios, certezas ni atajos construyen esperanzas, alegrías y un futuro para sí.