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S.O.S. en la educación

22 de noviembre de 2010 - 09:54 p. m.

LOS PARTIDOS Y MOVIMIENTOS POlíticos en Colombia se parecen entre sí por su desinterés en la educación, ciencia y tecnología, innovación, eslabones de una misma cadena de valor social y económico.

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Lo explica el desfase que hay entre los intereses inmediatos de los políticos y las dinámicas de largo plazo de aquellos. Tal indiferencia tiene altos costos en materia de equidad, calidad de vida y competitividad internacional.

Cualquiera de los resultados de las pruebas internacionales en educación básica y media, o los datos de los rankings de las universidades, bastarían para convocar debates serios. A pocos les importa que Colombia pertenezca al estrato bajo en materia de investigación y desarrollo en el concierto internacional.

En los últimos cinco años, miles de estudiantes colombianos han participado en las pruebas PISA (2006), SERCE (2006), TIMMS (2007), así como en las pruebas nacionales Saber, cuyos más recientes resultados (los de Saber 11, conocidos en noviembre de 2010) ratifican los inmensos vacíos de la educación básica y media colombiana. Basta recordar los resultados en matemáticas del TIMMS, según los cuales el 69% de los niños de cuarto grado no alcanzó el nivel mínimo; o los de las pruebas Saber 11 revelados en estos días, de acuerdo con los cuales el 51% de los colegios públicos y 32% de los privados recibieron calificación de “bajo rendimiento” (muy inferior, inferior, bajo). Resultados consistentes con los de Saber 5 y Saber 9 de 2010.

Por su parte, ninguna universidad colombiana clasifica en 2010 entre las 500 mejores del mundo en las mediciones internacionales más importantes (Times Higher Education; Shanghai Jiao Tong University; Webometrics).

El nuevo plan de desarrollo (Prosperidad para Todos, noviembre 2010) reconoce la precariedad de las inversiones del país en investigación y desarrollo (0,16% del PIB en 2010, nivel similar al de 1990), el reducido número de investigadores y las casi nulas exportaciones de productos de alta tecnología (pp. 432-33). La paradoja radica en que, desde hace 30 años, los diagnósticos de los planes han sido certeros y los propósitos ambiciosos y, no obstante, incumplidos.

Contrasta la indiferencia nacional (y latinoamericana) con lo que Andrés Oppenheimer llama la paranoia de los asiáticos, descontentos con la calidad de su educación y el desempeño en actividades de ciencia y tecnología a pesar de llevarnos años luz en una y otras. Alude A.O. a una reciente encuesta del BID que muestra a los latinoamericanos más satisfechos con sus sistemas educativos que gringos, japoneses o alemanes con los suyos (entrevista con C. Aristegui, octubre 15, 2010, YouTube).

Si Santos quiere mejorar la calidad de la educación y que sus propósitos de innovación se cumplan, no basta con un capítulo del plan de desarrollo ni con que los ministros “sean buenos”. Debe liderar acuerdos de largo plazo con empresarios, colegios, universidades, partidos políticos, profesores, padres de familia y con sus propios funcionarios.

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