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Toros: ir hasta el final

16 de enero de 2012 - 06:00 p. m.

Es claro que, tanto en España como en países de América Latina en los que aún hay corridas de toros, hay creciente oposición a las mismas. El máximo éxito, hasta ahora, ha sido su prohibición en Cataluña, aunque hay también figuras intermedias como la lidia sin muerte (Portugal, Ecuador, Francia).

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Vale la pena distinguir entre los argumentos en contra de la fiesta brava, de un lado, y la forma y los contenidos de las protestas, de otro. Quienes están en contra, están en su derecho de afirmar que no consideran arte lo que juzgan como tortura y muerte sangrienta de animales indefensos; por supuesto, de protestar públicamente. Los amigos de la fiesta brava son minoría. Las minorías, aunque a veces suene extraño a las mayorías, también tienen derechos.

Impresiona, sin embargo, que, dentro de las arengas de algunos de los protestantes en estos primeros días de 2012, especialmente en Bogotá, se incluyeran algunos epítetos contra la minoría de los taurinos, como los de “asesinos en potencia”, “se ponen sombrero, se tapan las caras y matan igual que los paramilitares”. O sea, argumentos en contra de la violencia expresados en forma violenta en contra de una minoría.

Si el tono y el contenido agresivos de algunas protestas van en aumento, sería perfectamente consistente que se emprendan acciones en contra de elementos del entorno de la fiesta brava.

En lo local, por ejemplo, debería suprimirse la siguiente estrofa del pasodoble Feria de Manizales:

“Toro de pena y desvío/ sobre el redondel sonoro/ fingen caracolas de oro/ las Carretas del Rocío/ Toda la feria es un río/ de júbilo y azucena/ y el sol cierra su faena/ con banderillas de estío…”.

Hay que tener cuidado, también, con la literatura. Podría proscribirse de las bibliotecas públicas y de las librerías a Hemingway, especialmente su primera gran obra, Fiesta (1926), que se mete a fondo en el San Fermín de Pamplona y, por qué no, también Muerte en la tarde, y varios de sus cuentos famosos. Y con muchos otros, incluyendo a García Lorca (“A las cinco de la tarde./ Eran las cinco en punto de la tarde…”) y en América Latina, Vargas Llosa, taurófilo empedernido. Ah, y con el peruano Arguedas, con sus relatos de corridas en versión andina, con cóndores en el lomo de los toros.

Con Picasso también hay que estar alerta. Su obra pictórica y cerámica alrededor de la fiesta de los toros podría incitar a la violencia, al confundírsela con obras de arte. Y con Dalí.

El ‘Che’ Guevara, cuando iba a Madrid, no se perdía corrida en Las Ventas, con su boina y estrellita.

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Serrat y Sabina, dos veteranos que cantan por estos días al alimón, gustan del toreo de José Tomás y fueron a sus últimas corridas en Barcelona. Madonna rodó el video Take a bow, que debería sacarse de circulación en youtube.

La autoridad debe promover el respeto a las minorías y no su aplastamiento. Es posible que la minoría que gusta de la fiesta no sea de criminales.

 

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