EN MARZO CONVERSABA DESPREVEnidamente en el aeropuerto de Bogotá con un columnista de otro medio, mientras soportábamos los incumplimientos de Avianca, cuando irrumpieron varias parejas conocidas, con quienes después del saludo cordial terminamos hablando de política. Entonces estaba fresco el operativo donde cayó el jefe de las Farc, Raúl Reyes, y además en los altos círculos gubernamentales y bogotanos se daba por seguro que Hilary Clinton sería presidente.
Temeroso de recibir un taqueadón de esos que las señoras politizadas sueltan a quienes profesamos ideas distintas, preferí que fuera mi colega quien condujera la entretenida charla. Ante esa aplastante minoría opté por seguir guardando silencio, mientras las distinguidas damas —todas furibistas— pontificaban sobre lo divino que es Uribe, lo graciosa que es Lina y lo talentosos que son sus emprendedores hijos (y eso que todavía no estaba funcionado el nuevo centro de ventas de Salvarte, la empresa de Tomas y Jerónimo, situado justamente en el sitio en el que los viajeros se despiden del muelle internacional).
En esas iba viendo pasar las horas, cuando de pronto mis fogosas contertulias abordaron el tema de la campaña electoral en los Estados Unidos, en el que me sentí en libertad de participar porque supuse que no correría riesgo alguno. Que equivocado estaba, pues cuando me atreví a opinar que Hilary perdería con Obama y que éste podría ser presidente, se me vino el mundo encima.
“No hay la menor posibilidad, mijitico, de que ese negro pueda ser presidente de los Estados Unidos”, dijo una. Agregó otra “menos alguien que se llame Hussein”. Una más recordó con desdén el origen musulmán de la familia paterna de Obama. La siguiente encontró la oportunidad de sacudirme diciendo entre dientes para que se oyera: “Este si está despistado en política, contra Uribe y a favor del negro ese”. Por supuesto, todas eran fervorosas seguidoras de Hilary, como así lo confirmó la más locuaz, refiriéndose a “esa mujer berraca, digna, que sin humillarse superó los enredos de su marido”, momento en el cual sus cónyuges miraron discretamente todos para el techo.
Como calculé que todavía no estaba vencido, ingenuamente anoté que si bien la americana era la democracia más sólida y respetable del mundo, de llegar a ser elegida Doña Hilary (ya para ese momento fui incapaz de tratarla con confiancitas) ello significaría que en ese gran país no habría sino dos familias con opciones de llegar al poder: los Clinton y los Bush. “¿Y qué?, si así lo decide la mayoría, qué problema hay”, preguntó ya en tono encendido la que quedaba sin opinar, la que creía más amistosa. En ese instante sentí estar hablando con José Obdulio, y cuando estaba a punto de tirar la toalla y declarar ganadoras a esas fierecillas indómitas, por fortuna anunciaron la salida del vuelo de las divertidas parejas que nos “alegraron” el rato, y literalmente me salvó la campana.
A las sofisticadas señoras, que no he vuelto a ver salvo en los registros sociales de varios medios, sólo les deseo que hayan disfrutado el patriótico discurso de MacCain y asimilado el emocionante saludo de victoria del presidente Obama, al que hace meses descalificaban por negro: “Si hay alguien allá afuera que todavía duda que América es un lugar donde todo es posible, que todavía se pregunte si el sueño de nuestros fundadores está vivo, en esta noche está su respuesta”.
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Adenda. Qué raro que asalten la residencia de un magistrado de la Sala Penal de la Corte, para robarle sólo un computador. ¿Por qué pasará eso precisamente en este Gobierno ?