El 21 de agosto se cumplieron 175 años de la muerte de Adelbert von Chamisso, autor alemán de ascendencia francesa, a quien debemos uno de los mitos más fascinantes de la literatura universal: la maravillosa historia de Peter Schlemihl, el hombre que vendió su sombra, nada menos que al Diablo.
Louis Charles Adélaïde de Chamissot era francés de nacimiento, pero a la edad de once años, en 1792, su familia huyó de la Revolución y el Terror, refugiándose primero en los Países Bajos y finalmente en Alemania, donde él terminaría cambiando su nombre y adoptando el idioma de Goethe como propio. Llegaría a ser paje de la reina y oficial del ejército de Prusia, antes de descubrir su vocación científica. Tras muchas vicisitudes, incluido un temporal regreso a Francia, emprende en 1815 la aventura de su vida: durante tres años se desempeñará como botánico de la expedición del barco ruso Rurik, que dio la vuelta al mundo. El diario de su navegación (“lo digo y no me corro”, César Vallejo dixit!) puede parangonarse con el de Darwin a bordo del Beagle. E, igual que Darwin con sus Galápagos, hay también un territorio insular sudamericano hondamente ligado a la vida de Chamisso: la isla chilena Sala[s] y Gómez.
En ella pernoctó varias veces el botánico doblado de poeta, y en 1829 le dedicó una hermosa y larga endecha que concluye diciendo: “Morir déjame solo, perdido para el mundo, / confiando en Tu Gracia nada más; / desde Tu Cielo el signo de Tu Cruz / contemplará mi osamenta”. No se puede pedir mayor romanticismo que querer morir en una isla abandonada en el océano, bajo la Cruz del Sur. Y este fue el lírico que escribió en 1813 la disparatada (y agobiante) historia de aquel hombre que vendió su sombra, esa historia tan de Kafka antes de Kafka que uno se pregunta cómo es posible que la pergeñase para distraer a los niños de un amigo. En cualquier caso, y sin saberlo, al hacerlo estaba anticipándose más de medio siglo en su propósito a Lewis Carroll: Alice’s Aventures in Wonderland es de 1865.
El nombre de Chamisso, como un cometa, ha dejado su rastro en la vida intelectual de Alemania a través de la institución de un premio literario. Es el Premio Chamisso, creado en 1985, que se otorga todos los años a escritores extranjeros residentes en el país y que hayan adoptado su idioma como vehículo de expresión artística. En 1997 lo recibió José F.A. Oliver, nacido en la Selva Negra, hijo de padres malagueños, uno de los más grandes poetas vivos alemanes: y en 1999 Emine Sevgui Özdamar, una narradora turca en cuyo alemán jamás podrá escribir ningún aborigen de las diversas tribus germánicas: es un alemán con sabor a turrón.