“Es trágico pensar que el primer hombre que, con ademán negligente, tiró de la cadena del water closet hizo sonar la campana funeral para la democracia”.
Con esta frase concluye el capítulo “Democracia” del libro En un biombo chino, de Somerset Maugham.
Un libro admirable porque se publicó en 1922, cuando en Occidente, desde Marco Polo, no se sabía casi nada de China. Sostiene Maugham que los chinos no son tan sensibles a los olores corporales como sí lo somos los occidentales, y que mandarines y coolies pueden por ello hablar en pie de igualdad, y eso sí que es democracia. En cambio los occidentales, de continuo discriminamos por el olor a quienes no tienen tiempo por la mañana para bañarse ni se distinguen por el empleo de desodorantes. (Pienso que el libro es de 1922, y hoy, al menos en Europa, la psicosis del oler bien, o por lo menos de no oler, ya es universal y la industria cosmética vive en gran parte de ella). La cínica conclusión de Maugham es que en el momento cuando, gracias a la higiene, todos los chinos empiecen a oler bien, o a dejar de oler, se acabó la democracia en el Celeste Imperio; a partir de ahí, los criterios para encasillar a las personas serían los de Occidente, donde siempre ha habido ricos y pobres. Ah, sí, hay que releer a fondo In A Chinese Screen. Maugham es uno de los autores menos valorados, y paradójicamente más valiosos, del siglo XX.
Y su reflexión me recuerda otra, luminosa, la que hizo don Baldomero Sanín Cano acerca de la mortandad masiva de indígenas americanos a consecuencia de la llegada de los conquistadores. Una reflexión tan sencilla como aguda: los indígenas eran gente muy limpia y aseada, mientras que los españoles no conocían la higiene, y hedían y atufaban hasta un grado homicidamente pestífero, de modo y manera que masacraron a los aborígenes por la nariz.
Sea como fuere, un colombiano más reciente, Daniel Samper Pizano, me explicó un día que siglos después de la Conquista, cuando la guerra de la independencia, los criollos inermes se defendieron de los bien armados españoles echando mano de recursos parecidos. Y me lo documentó con un fragmento de su himno nacional: “De Boyacá en los campos el genio de
la gloria / con cada espiga un héroe invicto coronó. / Soldados sin coraza ganaron la victoria;
/ su varonil aliento de escudo les sirvió”.
“Como ves —argumentó Daniel—, el tufo, halitosis o mal aliento de nuestros valientes y desaseados soldados, les sirvió de coraza para espantar a los opresores. Si en aquella época hubiera existido el Kolynos, aún seríamos colonia”.