De acuerdo con la opinión unánime de los amigos católicos que me conocen bien, soy un seguro candidato al infierno.
Así pues, no es extraño que me interese todo lo relativo a mi residencia de ultratumba, y ese es el origen de la siguiente pesquisa.
Allá por 1999, el semanario italiano Civiltá Cattolica, editado por los jesuitas, confirmaba que sí, el infierno existe, pero que no, no es un lugar físico: y la consecuencia natural es que en él… no hay fuego. En esa misma nota, Civiltá Cattolica lamentaba que la Iglesia pusiera in illo tempore tanto empeño en asustar a los creyentes con un infierno en llamas.
[De haberse fundado el cristianismo en el siglo XX, el Vaticano nos habría condenado a un microondas eterno].
Movido por la curiosidad, consulté en el diccionario, y me enteré de que el infierno es el "lugar destinado para castigo eterno de los que mueren en pecado mortal", sentencia la Real Academia.
Doña María Moliner, siempre tan suya, lo define casi igual, pero le pone sal y pimienta al asunto. Según ella, el infierno es el "lugar donde sufren el castigo eterno las almas de los réprobos". De nuevo la curiosidad me llevó a consultar qué entendía ella por réprobo, y doña María, ignorando olímpicamente que lo definido no debe entrar en la definición, dice que un réprobo es…un "condenado al infierno".
¿Y las enciclopedias, qué nos cuentan acerca del infierno? Ellas, claro está, no tienen el deber de ser tan pulcras y tan escuetas como los diccionarios.
La Salvat, por ejemplo, le dedica tres columnas y nos asegura que es el "lugar destinado por la divina justicia para eterno castigo de los malos". Suena como una definición hecha por la abuelita, para enseñar a sus nietitos. Enternecedora ¿no es cierto?
La Larousse, por su parte, le dedica al infierno el doble de espacio que la Salvat, y lo define diciendo: "Según diversas religiones, lugar de ultratumba destinado al suplicio de los condenados". Qué cartesianismo tan exquisito… y tan enigmático, porque ¿quiénes son los condenados, y por qué?
Ahora bien, lo cierto y verdad es que el fuego no se lo ha inventado la Iglesia. En el versículo 41 del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo puede leerse la imprecación del Rey eterno: "Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y para sus ángeles".
¿Qué pensar, pues? ¿Pensar como el Dante, en su intuición genial, un lugar donde meter a todos tus enemigos para que sufran penas eternas? ¿Pensar como Papini que a fin de cuentas no importa porque Dios, por ser infinitamente misericordioso, terminará perdonando al mismísimo Diablo? ¿Pensar, como Sartre, que el infierno son los otros (es decir, desde mi punto de vista: que el infierno son ustedes)?
En la duda, ¿saben lo que les digo? ¡¡Que se vayan al infierno con tantísimas preguntas!!