Para al menos 76 millones de gringos, resulta válido lo que el gran memorialista portugués Miguel Torga escribió en su diario hacia 1974: “Es trágico tener que asumir cotidianamente una realidad nacional que está determinada por algunos seres de inteligencia primaria”.
Cuando los republicanos aprobaron en el Senado el nombramiento de la juez Amy Coney Barrett para el Tribunal Supremo, tan sólo una semana antes del 3.11., día de las elecciones (esos mismos republicanos que le impidieron hacer el nombramiento de un juez a Obama, alegando que era un año electoral, aun siendo en febrero del 2016), un editorialista del diario liberal de Colonia los llamó “lacayos sin vergüenza”.
Y sin decencia, añadí por mi cuenta. Sin eso que los romanos del Imperio llamaban “decorum” y que la Academia define como “honor, pureza, honestidad, pundonor, respeto, honra”, virtudes todas ellas de las que carecen tanto the fake president como sus secuaces del partido republicano.
Pero hay que tratar de entenderlos. Incluso quienes entre ellos no ven con agrado las maneras del patán ególatra, racista, sexista, tramposo y mendaz que han aupado a la Casa Blanca, no pueden ignorar que les consiguió el mayor número de votos que The Great Old Party ha alcanzado en toda su historia. No lo pueden ignorar, sencillamente es eso y no hay más vueltas que darle. Accediendo a la exigencia de the fake president de reconteo de votos por sospechas de fraude, sin prueba alguna, el Fiscal General no es un irresponsable, como me comentó una amiga desde Madrid. Es algo peor: es un chupamedias irresponsable. Pero los 71 millones que votaron a the fake president son tan responsables de esta farsa como su primate de Washington. Lo dije hace dos semanas y lo repito: a un amoral como este le creo capaz de todas las malas artes de que se valía Don Corleone.
Florian Harms, redactor–jefe del noticiero t-online.de, dejó dicho en su podcast: “[The fake president] confronta a la opinión pública democrática con un problema patológico: como narcisista no puede perder. Esto plantea la cuestión de que no debe ser tratado como un político que está en plena posesión de sus facultades mentales, sino como un enfermo. Si el paciente sigue su campaña contra la democracia y se niega a abandonar la Casa Blanca, va siendo hora de llamar a una ambulancia para el 20 de enero, a más tardar. Por si acaso, los enfermeros deben llevar una camisa de fuerza”.
Se le olvidó añadir que esa camisa de fuerza tendrá que mostrar impreso el gran consuelo que le queda, según el tuitero @InvisiblesMuros: «Soy el único presidente en la historia de los Estados Unidos que ha perdido dos veces el voto popular».