Estos días pasados estuve notando, en toda la información y los comentarios que se difundían acerca del seleccionado alemán, que siempre afloraba una nota negativa, bastante tendenciosa en el sentido de relacionarlo con ciertos clichés y estereotipos que honestamente me parecen obsoletos.
Así por ejemplo, una tuitera venezolana más bien virada hacia la poesía, subió a su cuenta el 8 de julio, durante el partido con el Brasil y mientras iban cayendo uno tras otro los siete goles alemanes: “Si siguen metiendo goles Hitler va a resucitar. Dejen así. ¡Ouch!”.
Dos días después, @andrewholes subía a la suya este tuit: “Mascherano está a un partido de ser el Fabio Cannavaro de este Mundial. Claro, hay unos rudos teutones en su camino”. Le señalé que si algún partido fue rudo de principio a fin, recordase el de Brasil vs. Colombia; pero que los alemanes estaban jugando con una limpieza absoluta. Y @andrewholes rectificó enseguida reconociéndome que las prisas le habían hecho excederse.
Tercer botón de muestra: el sábado 12, en vísperas de la final, Mempo Giardinelli publicó un artículo en Página12, Buenos Aires, donde decía que iban a jugarla “en el Maracaná contra los temibles alemanes, que parecen los panzer de Rommel disfrazados de futbolistas”.
Le objeté (sin reproche) que incidiera en el mismo símil usado por todo el mundo cada vez que se habla de los alemanes. No diría yo que los muchachos del once alemán parezcan “panzer de Rommel disfrazados de futbolistas”. En el partido contra Brasil más bien me recordaron a mis nietos en un entrenamiento, en el campo de deportes a la vuelta de mi casa, ensayando —en presencia de unos comparsas decorativos— las más diversas maneras de colar la pelota en el arco. Y acertando casi siempre la diana.
Esa negatividad de fondo en contra de lo alemán me parece una especie de coartada, dizque justificable por la historia del “milenio” nazi (que duró doce años), como si Alemania tuviera que estar pagando por los siglos de los siglos la culpa de una generación; y eso no me parece justo.
Pero, de todos modos, Alemania como chivo expiatorio tiene una vieja tradición en español. Puede documentarse en muchas novelas de Galdós; cada vez que se oponen diametralmente unas ideas en materia social y política, y sobre todo acerca del progreso, siempre salta alguien diciendo “Aquí no estamos en (o: Esto no es) Alemania”. Lo que implica un reconocimiento doble, positivo y negativo, con el agravante de que el negativo también es doble: “No somos tan buenos (o: No estamos tan adelantados) como Alemania… ni tampoco lo queremos”. Me cuesta harto trabajo tratar de no creer que no se trate de alguna otra cosa que una desvalida envidia.