La Semana Santa cristiana son días que se prestan como que ni de encargo para reflexionar sobre las últimas palabras… mas no las de Jesús, que para eso doctores tiene la Iglesia. Hace años, el 10 de septiembre de 2010, ya toqué en esta columna el mismo tema y aduje los ejemplos de las últimas palabras de Heine, Mark Twain, Balzac, Garibaldi, Ortega y Gasset, Van Gogh, Ibsen, Lenin, Goethe, y las del comandante inglés Herbert Armstrong, el cual asesinó a su esposa Katherine, le condenaron a muerte, y cuando subió al cadalso alzó los ojos al cielo y dijo con absoluta sangre fría británica: “I’m coming, Katie!”.
Woody Allen aseguró alguna vez que no quería alcanzar la inmortalidad a través de su obra: “quiero alcanzar la inmortalidad no muriéndome”. Pero todos sabemos que “contra el Destino nadie la talla”, y hay algunos congéneres que se preocupan de dejarle al futuro unas últimas palabras incluso cinceladas en mármol. Así por ejemplo, en la tumba de Mel Blanc, la voz de Bugs Bunny, ¿qué otras palabras podrían leerse sino las que están?: “That’s all, folks”.
Otra impávida inglesa, Ana Bolena, dijo antes de salir a que la decapitaran: “He oído que el verdugo es muy diestro, y mi cuello es muy delgado”. Famosamente, las últimas palabras de Julio César fueron “Et tu Brute!”, las cuales, según Borges, deberían traducirse como “¡Pero che!”.
Manolete, después de la gravísima cornada, ya en el hospital de Linares, fue sintiendo, sin saberlo, cómo la muerte se adueñaba de su cuerpo, y se lo iba contando al Dr. Giménez Guinea, sentado impotente a la cabecera de su cama: “¡Qué disgusto le voy a dar a mi madre! […] Don Luis, no siento la pierna. […] Don Luis, no siento la otra. […] Don Luis, no veo. […] David, David…” [su peón de confianza. Y ahí entregó su alma]. De noche, en las trincheras de la Gran Guerra, para salvar la vida de un soldado, el gran narrador Saki lo cubrió gritándole estas últimas palabras: “¡Apaga tu maldito cigarrillo!”. Gioacchino Rossini murió musitando el nombre de su esposa, “Olympe”; también Puccini, pero con mejor orquestación: “Mi pobre Elvira, mi pobre esposa”; mientras que Nijinsky, al danzar su pas de deux con la Parca se acordó del claustro materno: “Mamasha!”. A guisa de contraste, el actor John Garfield murió en la cama… no estando solo, y un humorista de Hollywood sugirió como epitafio: “Muerto en la montura”. La última palabra (una sola) de Gustav Mahler, antes de morir, fue “¡Mozart!”, pero Brigham Young, el líder mormón, todavía más escueto, se redujo a decir “Amén”. Y por cierto que las últimas palabras de Hamlet las decimos muchas veces en nuestras vidas, sin saber de quién son: “El resto es silencio”.