El domingo pasado se conmemoró el centenario de su nacimiento.
Ningún medio alemán dejó de rendirle el homenaje que se merece por su breve hoja de vida, que ya la entronizó en el Walhalla, el Olimpo de la tribu germana. [Por cierto, entre los 130 bustos de personas ilustres que alberga ese panteón, sólo seis son de mujeres: por faltar faltan desde Hildegarda von Bingen hasta Rosa Luxemburgo y Hannah Arendt].
Sophie Scholl estudiaba Biología y Filosofía en la Universidad de Múnich, y adhirió desde muy temprano a La Rosa Blanca, un movimiento secreto de resistencia a los nazis (en especial en los ambientes universitarios) por medio de folletos, octavillas y grafitis como “¡Fuera Hitler!” en la puerta del alma mater muniquesa.
El 18 de febrero de 1943, desde lo alto de la escalera del atrio de esa universidad, lanzó al aire sobre sus comilitones, que salían de las aulas, un folleto donde, entre otras cosas, se podía leer lo siguiente: “Stalingrado. 330.000 alemanes fueron precipitados sin sentido e irresponsablemente a la muerte y la destrucción por la genial estrategia del cabo de la Guerra Mundial. ¡Führer, te damos las gracias! […] ¿Vamos a seguir confiando el destino de nuestros ejércitos a un diletante? ¿Queremos sacrificar el resto de la juventud alemana al rastrero instinto de poder de la camarilla de un partido? De ningún modo, ha llegado el día de rendir cuentas”.
Un bedel, miembro del partido nazi, la descubrió y la denunció a la Gestapo. El juicio sumarísimo, a ella, su hermano y otros miembros de La Rosa Blanca, se celebró sólo cuatro días después, presidiendo el Tribunal del Pueblo un juez histérico y siniestro, Roland Freisler, sobre cuya conciencia pesaban ya miles de sentencias de muerte. A la pregunta de si era la autora de aquel folleto, respondió: “Estoy orgullosa de ello”. Acusada de traición a la patria, fue condenada a la guillotina, sentencia que se cumplió ese mismo día. Se la autorizó a despedirse a solas de su hermano y Christoph Probst, también condenados a la pena máxima, y sus últimas palabras camino al cadalso fueron: “Sus cabezas caerán también”. No llegó a cumplir los 22 años.
En una de las caóticas manifestaciones que sufrimos en Alemania durante la pandemia, mezclándose en ellas conjuracionistas, negacionistas y dizque “pensadores al sesgo”, una descerebrada que repartía octavillas exultó delante de las cámaras de TV: “¡Me siento Sophie Scholl!”. Algún alma piadosa debería haberle aclarado que si la Policía le echaba mano en una redada contra esa manifestación ilegal, todo lo más le costaría pernoctar en la celda de alguna comisaría; mientras que Sophie Scholl sabía que si caía en manos de la Gestapo, se jugaba la vida y la perdería. Para poder sentirse Sophie Scholl se necesita algo más que repartir octavillas ante una cámara de la tele.