En honor al tema, confesaré paladinamente que debido a las exigencias del cronograma familiar, me toca tender la cama cuatro o cinco veces a la semana.
Tanta práctica en semejante desempeño, o sea, un total de más de 3.000 veces a lo largo de los catorce años largos desde mi jubilosa jubilación, me ha permitido concluir que se trata de una tarea de las más simples y breves, después del desayuno, tras haber oreado el dormitorio abriendo la ventana al levantarme.
Es por eso que me llama tanto la atención el hecho de que “tender la cama” sea uno de los ítems más recurrentes entre los tuiteros en la franja de edad de los 20 a 40 años, y que le huyan a la tarea casi con un terror sagrado, como si fuese alguno de los trabajos de Hércules, ese a quienes los exquisitos llaman Heracles; ¡por Dios!, tronaría el maestro Mutis. (Los que llaman Heracles a Hércules, ¿dirán también “esfuerzos herácleos” en vez de “hercúleos”, y hablarán de “la Afrodita de Milo”? Ahí les dejo esa inquietú).
Y volviendo a lo de tender la cama: la paleta tuitera al respecto abarca desde quien hace el chiste (“—Mamá, ¿me caso con el contador o con el militar? —Con el militar, hija: sabe cocinar, tender la cama y recibir órdenes”) hasta el que lleva la cuestión al terreno minado de la exégesis (“¿En qué parte de la Biblia dice que los domingos hay que tender la cama? A ver, ¿EN DÓNDE?”), pasando por una amplia gama de expresiones de repudio más o menos encubierto: “¡Ay qué pereza tender la cama…!”, “Llevar toda la noche arreglando tu cuarto y darte cuenta al querer tender la cama de que las sábanas se quedaron en la lavandería”, “¿Algo más odioso que tender la cama? Doblar la ropa”, “Pertenezco a ese 99,999999% que odia tender la cama”, “Los fines de semana duermo en el piso para no tener que tender la cama”, “No sé tender la cama, ni tengo idea alguna de cocinar, tampoco sé planchar, ni soy hacendosa. Pero sí sabría quererte, rico y bonito”, “La vida es demasiado corta para tender la cama”, “Tender la cama sólo vale la pena cuando la destiendes con alguien”, “Tender la cama es un deporte extremo, sépanlo”. Etc., etc.
Mis preferidos son los que recurren al humor no desprovisto de ternura: “Procuro siempre ser muy cuidadoso para tender la cama, es que no me gusta despertar a mi esposa”. O la reflexión hiperbólica: “Tender la cama de dos plazas para acostarse solo es más triste que ver morir a la mamá de Bambi”. O bien a la poesía: “Tender la cama sería borrar tu recuerdo”. O a la literatura: “Hacen falta unas instrucciones para tender la cama sin molestar a los gatos que duermen sobre las cobijas. Ahí te encargo, Cortázar”.